Me he preguntado más de una vez que hubiera sucedido si Ana Chocolate no hubiera formado parte de mi vida. ¿Habría sido diferente? La respuesta es un sí rotundo, porque mi tocaya para bien y para mal ha trazado con su presencia líneas, curvas y borrones que no existirían si no la hubiera conocido.
Al cumplir los diez años mis padres decidieron cambiarme de colegio, yo acudía a uno estatal del barrio y tan contenta, pero como el negocio que habían iniciado un año antes comenzó a dar beneficios, decidieron -sin contar conmigo- que mi formación sería superior si estudiaba en un colegio bilingüe.
No me equivoco si digo que fue la primera vez que me enfrenté a una decisión de mis padres, de ninguna manera consentiría que me sacaran de mi colegio, mi lugar seguro compartido con las amigas de siempre. Protesté y no sirvió de nada, argumenté y obtuve el mismo resultado; mis padres se mostraron inflexibles con sus explicaciones: a mi edad no estaba preparada para discernir sobre lo mejor para mi educación y futuro. Viendo que no se "bajarían del burro" opté por un recurso que nunca había utilizado, el de la pataleta. Siempre había sido una niña tranquila y obediente, tampoco tuve motivos para lo contrario con mis padres, pero aquella vez el asunto me pareció tan tremendo que hice huelga de hambre y me encerré en mi habitación sin permitirles ni un beso de buenas noches. Después 14 horas de trinchera entendí que mis padres no cederían ante mi chantaje emocional. El concierto de mis tripas y los besos que les negué durante esas horas añadieron leña al fuego provocando mi rendición.
El verano antes de iniciar curso en el nuevo colegio pasó demasiado rápido y mis padres, supongo que por consolarme de alguna manera me dejaron participar en su negocio, conocedores de que me encantaba pasar tiempo en la librería/papelería que regentaban. Como cada año en agosto las compras de libros y de material educativo aumentaron y yo me dejé envolver por lo olores de las gomas de borrar, de los libros, de las mochilas que olían a "nuevas", por la seducción armónica de las cajas de los lápices Alpino con sus puntas en perfecto estado de revista, por los botes de cola que olían a almendras amargas, los compases, las reglas, las cartulinas de colores, todo me gustaba, me sentía Alicia en el país de las maravillas y si además me dejaban usar la fotocopiadora ya alcanzaba el éxtasis.
Me imaginaba de mayor llevando aquel negocio y me preguntaba para que demonios necesitaba hablar inglés.
Llegó el temido primer día en el nuevo colegio y mientras mi madre me hacía dos trenzas con mi melena pelirroja, dijo:
-Ana, ya verás como te va a encantar el nuevo colegio, y aunque seguro que haces nuevas amistades no vas a dejar de ver a tus amigas de siempre, que vivimos en el mismo barrio. Cuando pase el tiempo verás que tu padre y yo no nos equivocamos con esta decisión y lo agradecerás, no tengo la menor duda.
A pesar de los buenos deseos de mis padres para ese primer día pisé el nuevo colegio con desconsuelo, seguro que las niñas y niños se conocían de cursos anteriores y no me gustaba llamar la atención siendo la nueva.
Continuará.
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