viernes, 26 de diciembre de 2025

Ana Chocolate. Capítulo 3.

 Después de lo de las galletas, Ana Chocolate se me pegó como un chicle. 
No solo la tenía de vecina de pupitre, si no que en el recreo me acompañaba como si me conociera de toda la vida, yo intuía que de alguna manera me estaba observando. Bueno - me dije- debe ser que mal no le caigo y quiere estar segura de que valgo la pena como amiga. Yo también la analizaba y llegué a varias conclusiones, y aunque su carácter difería del mío terminé por reconocer que me caía bien. 
Ella ya había sido elegida como delegada de clase, era decidida, impulsiva, terca y con una curiosidad demasiada despierta para mi gusto, pero me hacía gracia aquella niña con las paletas separadas y su pelo siempre trenzado al estilo afro. 
Un día me preguntó si quería ser su mejor amiga, me sorprendió el calificativo, era como si me exigiera exclusividad, pero a pesar de su marcado carácter me sentía bien junto a ella y mi respuesta fue afirmativa.
Hubo un antes y un después después de aquella declaración de intenciones y pasó a contarme su vida con detalle. Me sorprendió escuchar lo que me compartía y más de una vez pensé que mi nueva mejor amiga tenía mucha imaginación y "adornaba" sus relatos. Por entonces ya nos llamábamos en la intimidad Ana Chocolate y Ana Zanahoria, era como un secreto entre nosotras que nos hacía gracia.
Antes de que me invitara a su casa por primera vez, ya sabía por su boca la procedencia de su familia y mucho más, aunque me guardaba un resquicio de duda pensando que algunas cosas se las inventaba,  costaba creer que todo lo que me contaba fuera cierto. 
Se madre era negra y su padre blanco. La familia materna procedía de Senegal y era gente de dinero, aquello me extraño, siempre pensé que los africanos era pobres, prejuicio que pronto se esfumó cuando los conocí. Su abuelo era abogado y dejó su país de origen por cuestiones políticas antes de que lo encarcelaran por ser crítico con la corrupción política del país. Llegaron a Gran Canaria con cuatro hijos (entre ellos la madre de Ana Chocolate) y ya aquí tuvieron cuatro más. El abuelo de mi amiga se adaptó pronto, aunque nunca dejó de echar de menos su país. Aquí abrió su propio despacho de abogado porque le gustaba su trabajo, siendo rico de nacimiento hubiera podido mantener a su numerosa familia y vivir bien sin problemas económicos. 
La parte de la riqueza de la familia materna de mi amiga me parecía algo exagerado, pero cuando me contó la historia de Aminata, su madre, pensé que definitivamente Ana Chocolate tenía demasiado imaginación. 
Al parecer, en la casa familiar siempre había algún senegalés o senegalesa de paso y lo que se suponía que sería una visita de tres días se alargaba durante meses. Una de aquellas visitas, una supuesta vidente, le dijo un día a la madre de mi amiga que el amor de su vida sería un policía blanco, pero que tendría que poner de su parte para encontrarlo, que no esperara que llamara a su puerta, tendría que hacer algo para no dejar escapar al amor de su vida. Por entonces Aminata tenía quince años y la cabeza llena de romanticismo, creyó a pies puntillas el vaticinio de la vidente, y aunque le produjo cierta desazón el hecho de que se emparejaría con un blanco, se tomó en serio las palabras de la bruja y pensó en la manera de conocer a un policía blanco. Llegó a dos conclusiones, o cometía algún delito para que el destino hiciera de las suyas o se hacía policía. Y optó por lo segundo, se haría policía hasta encontrar al amor de su vida.
Yo sabía que Aminata, la madre de mi amiga, no trabajaba fuera, y que su padre sí que era policía, pero no quise contradecir a la imaginativa Ana Chocolate. 

Continuará. 


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