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Cuando mi amiga me invitó a su casa, yo estaba deseando averiguar lo que de imaginación tenían sus relatos, me costaba creer que su círculo familiar fuera más una tribu que una familia al uso. Según me había dicho, se habían mudado no hacía mucho porque necesitaban una casa más grande donde familiares y no familiares de paso tuvieran cabida.
La casa era bien grande y lo primero que percibí al entrar fue un olor a galletas recién hechas que provocó el movimiento de mis tripas, olía a gloria.
Aminata, la madre, me dio la bienvenida con un abrazo de osa mientras sacaba del horno una bandeja de galletas.
-Ana me dijo que te gustaron mis galletas de chocolate y zanahoria, así que encontré un huequito para hacértelas como bienvenida. Estás en tu casa, sírvete tú misma que tengo que sacar a mi abuela al jardín un rato antes de que se ponga nerviosa.
Bajo aquel techo vivían los padres de Ana Chocolate que tenían cinco hijos, cuatro chicos mayores que nacieron antes que mi amiga. La bisabuela materna, en silla de ruedas, me pareció una viejita de cuento, escondiendo a primera vista el carácter del demonio que la caracterizaba, luego también habían acogido al abuelo paterno de mi tocaya, se estaba quedando ciego y como no se había familiarizado aún con la casa nueva, andaba dándose trompazos por todos lados. Los cuatro hermanos de Ana Chocolate acudieron a la cocina guiados por el olor de las galletas y fueron simpáticos conmigo hasta que comenzaron a comer y me olvidaron. Entró también en la cocina una señora negra vestida de una forma estrafalaria y con un enorme moño coronando su cabeza, se me quedó mirando fijamente y me tocó el pelo. "Eres tú", dijo sin aclarar nada más.
Aquello parecía el camarote de los hermanos Marx, con gente entrando y saliendo constantemente. Mi amiga me decía "este es un tío abuelo, o la otra es prima de mi madre", pero me perdí entre tantos parentescos y caras nuevas. Llegó el padre, venía de trabajar con su uniforme de policía y fui presentada.
-Hola bonita, un placer conocerte, no te asustes con esta casa de locos y sigue viniendo, mi hija está muy contenta de tenerte como amiga.
Salimos de la enorme cocina cuando se acabaron las galletas y Ana Chocolate me quiso enseñar la casa. Me llamó la atención una foto que estaba en el salón, en ella posaban sonrientes la madre y el padre de mi amiga y para mi sorpresa ambos con el uniforme de la policía. Entró Aminata empujando la silla de ruedas con su abuela y sonrió al verme mirando la fotografía.
-¿A qué me quedaba bien el uniforme? Una lástima que lo tuviera que dejar, con esta locura de familia alguien tenía que ponerse al timón y por decisión propia asumí el rol de cuidadora.... de todos. En fin, no me quejo, encontré al amor de mi vida y tengo una familia grande de la que ocuparme.
Por cierto, mi hija habla maravillas de ti y pareces una niña tranquila, le vendrá bien tu influencia. Considérate en tu casa.
Vaya, pues yo que tachaba a Ana Chocolate de fantasiosa y era verdad todo lo que me había contado. Mientras rumiaba por dentro por haber desconfiado de mi amiga me di cuenta de que la mujer del moño enorme no dejaba de mirarme. ¿Quién me había dicho mi amiga qué era? Entre tanto parentesco me había perdido y estaba deseando que no me tuviera en su punto de mira para preguntarle a Ana Chocolate quién era aquella mujer.
Cuando al fin pude me quedé con la boca abierta ante las palabras de mi amiga: era la vidente que le había vaticinado a Aminata que su media naranja sería un policía blanco al que tendría que buscar.
Y le había dicho a Ana Chocolate que descubriría la amistad verdadera en una niña pelirroja que también se llamaba Ana.
Continuará.
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