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La fea y dañina costumbre de mi amiga, la de morderse las uñas, era un tema recurrente.
En su casa su madre le solía dar un golpe con su propia mano para que Chocolate alejara sus tristes uñas de los dientes, su padre le decía que estéticamente sus manos ofrecían una pésima imagen, su abuelo el ciego debía percibir algún sonido delator que le hacía repetir la manida cantinela: Ana, déjate las uñas y su bisabuela expeditiva y con buena puntería le lanzaba lo primero que encontraba.
Era una lástima ver como era incapaz de dejar aquel hábito compulsivo que la llevaba hasta el extremo de hacerse sangre y yo no me cortaba y le daba un manotazo. Su madre llegó a ponerle un líquido asquerosamente amargo que compraba en la farmacia, pero no había manera de que dejara aquella fea y nociva conducta.
Lo cierto es que fue un órdago por mi parte cuando le dije que le daba permiso para que buscara a mi madre biológica cuando llegara el momento, no pensé que fuera capaz de dejar de comerse las uñas, pero para sorpresa de todos semana a semana sus uñas fueron creciendo. El estropicio que durante años se había causado hizo que sus uñas no crecieran ni parejas ni bonitas, pero a los pocos meses y después de dejar que su madre se las fuera limando para que cogieran forma, ella fue la primera sorprendida al ver que tenía unas manos bonitas.
Me felicité por mi idea, aunque sabía que por muchos años que faltaran para que Ana Chocolate fuera detective, haría lo imposible para averiguar la identidad de mi madre. Ya cruzaría ese puente cuando llegara al momento.
Los siguientes años me situaron ante la disyuntiva de elegir estudios, le decía a mi amiga que envidiaba lo claro que tenía su futuro en ese aspecto. Porque a mí nada me llamaba especialmente la atención, me encantaba el trabajo de mis padres, pero para llevar una librería papelería no existía la exigencia de estudiar una carrera.
Gradualmente el negocio de mis padres fue decayendo, las ganancias apenas daban para vivir y cubrir gastos. Había varios factores, como el auge de la informática y que muchos alumnos estudiaban con sus tabletas electrónicas y lógicamente se vendieran menos libros de texto, además las grandes superficies se estaban comiendo a los comercios pequeños. Por poner un ejemplo, en Carrefour, un supermercado, encontrabas el material escolar a mejor precio, lógico por el volumen de compras que un negocio pequeño como el de mis padres no se podían permitir.
Otros pequeños comercios del barrio se veían con el mismo problema, sus ventas disminuían mientras crecían en los muchos centros comerciales que crecían como hongos.
Mis padres no sabían que hacer y se pusieron en lo peor. Estaban muy preocupados, si bien el tema económico era importante porque nos daba de comer, lamentaban que las costumbres de barrio se fueran perdiendo. Ellos siempre habían trabajado permitiendo "los fiados", entendían que algunas familias con muchos hijos y un sueldo precario tuvieran que hacer malabares para que en las mochilas escolares de sus hijos no faltara nada, y era un desahogo para esas familias saber que mes a mes podían ir pagando lo que debían. Mis padres tenían un block de tapas duras donde iban sumando las cantidades que recibían y ya está, esa era la única contabilidad de "los fiados" pendientes.
Yo ya no era una niña y entendía la situación, tenía que hacer algo por ayudarlos antes de que se vieran obligados a cerrar el negocio.
Necesitaba poder decir, como solía hacer mi amiga: "se me está ocurriendo algo".
Continuará.
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