En el barrio cada poco desaparecía un comercio "de toda la vida".
La tienda de revelados de fotos tuvo que cerrar, al igual que la tienda de comestibles que ya no pudo mantenerse con pequeños ventas. En general todo el mundo hacía las compras en los supermercados de los centros comerciales.
Me percaté de que aún no había ninguna tienda de telefonía móvil cerca y se lo planteé a mis padres, había que hacer algo o la querida librería papelería terminaría desapareciendo.
Después de darle muchas vueltas a mis padres no les quedó más remedio que arriesgarse. En nuestro local el almacén tenía una superficie considerable. Se decidió que los libros de textos sólo se venderían bajo pedido, eso añadía espacio para lo que pensaban hacer. En estos tiempos ya empezaba a ser normal que cualquier tuviera en su casa un ordenador y una impresora que también era fotocopiadora. Mis padres habían notado que ya era raro que entrara alguien a hacer fotocopias. Y como se suele decir, renovarse o morir; el material de librería se redujo y quedó espacio para vender lo que más se demandaba, como cartuchos para las impresoras. Pero lo que de verdad proporcionó el impulso económico que tanto necesitaban mis padres fue la venta de teléfonos móviles. Acondicionaron parte del almacén para ese fin y a los pocos días era la parte más pisada del local. Entraba más gente joven, pero la clientela de siempre que tenía confianza con mis padres, venía preguntando que teléfono móvil le vendría bien. Mis padres dependiendo de lo que necesitaban los guiaban en sus compras, y si por ejemplo, una señora mayor sólo quería un móvil para llamar y poco más era informada de que no necesita el último modelo de la marca que fuera y que por supuesto era mucho más caro.
Mis padres siguieron siendo un punto de referencia por la confianza de sus clientes de siempre y estos pronto comenzaron a preguntar si allí no reparaban móviles.
Yo estaba a punto de terminar el instituto y seguía sin tener claro que iba a hacer, pero viendo la demanda que había con las nuevas tecnologías me decidí. Estudiaría un ciclo superior de informática escogiendo las asignaturas que me cualificaran para reparar ordenadores y teléfonos móviles.
Mis padres, como siempre, apoyaron mi decisión, aunque dijeron que no me sintiera obligada, si me gustaba otra cosa no debía preocuparme por el negocio familiar.
Así, mientras mi querida amiga comenzaba sus estudios de criminología, yo comencé a los míos de informática. El primer año siempre cuesta y nos lo tomamos en serio, por eso no nos quedaba mucho tiempo libre para vernos, pero siempre que nos cuadraba quedábamos para estudiar juntas.
Los estudios que elegí me gustaron más de lo que había pensado inicialmente y evidentemente no estaba aún capacitada, pero me daba cuenta de que, sobre todo las personas mayores, después de comprar un teléfono a mis padres venían con dudas sobre su funcionamiento o manejo y al ser un barrio era normal que muchos ya supieran que yo estaba estudiando informática. Mis padres los emplazaba para que acudieran por la tarde y yo valoraba si era factible ayudarlos. Si podía lo hacía de mil amores y me costaba convencerlos de que no me debían nada. Las personas mayores suelen ser muy agradecidas, pero yo les decía que ya les cobraría cuando terminara mis estudios.
La mayoría de las veces "reparar" era tan sencillo, como percatarme de que un teléfono no sonaba porque su propietario sin darse cuenta lo había puesto en silencio.
Un día contándole a Ana Chocolate esas anécdotas dio en el clavo: hacía falta formación para las personas mayores con respecto a la tecnología que tan ajena les parecía. Me pareció una idea genial, darle cursos, enseñarlos a usar internet, que se manejaran en su día a día con "aquellos cacharros del demonio".
Estaba deseando terminar mis estudios.
Continuará.
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