jueves, 22 de enero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 12.

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 Con veintiún años ya trabajaba para mis padres.
Insistí en que no me dieran de alta en la seguridad social para que se ahorraran el dinero, pero ellos se empeñaron en hacer, según sus palabras, las cosas con fundamento y comencé a cotizar. 
Sobraba trabajo reparando móviles y ordenadores, pero me organicé para llevar a cabo lo que había imaginado tiempo atrás: dar clases básicas de informática a personas mayores. Destiné un par de horas de los martes y jueves a esa actividad y me sorprendió la acogida entre la gente del barrio. Hasta la madre de Ana Chocolate, que no era mayor, se apuntó, decía que sus cuatro hijos nadaban con soltura en las nuevas tecnologías pero que no tenían  paciencia para enseñarla. Por más que insistió en pagarme me negué y su aromático agradecimiento llegaba puntualmente cada semana en bandejas llenas de sus suculentas galletas de chocolate y zanahoria. 
A mi amiga le quedaban un par de años para terminar sus estudios de criminología, le iba bien, aunque la paciencia nunca fue su fuerte y estaba deseando incorporarse a la vida laboral.
Nuestra amistad se empañó cuando cumplimos los dieciocho años, su ansia sacando el tema de la búsqueda de mi madre biológica me empezaba a agobiar. Al cumplir la mayoría de edad incrementó su curiosidad, recordándome cada dos por tres que legalmente yo podía pedir información sobre la identidad de la mujer que me había abandonado.
Pero yo seguía sin querer saber nada del tema y un día, que por lo que fuera, me cogió con el rabo torcido, no pude aguantar más y exploté.
Le dije que me tenía harta, que no aguantaba más aquella presión por su parte, ¿no iba a entender nunca que no quería saber nada al respecto? ¿Qué me dolía pensar que la persona que inicialmente debía quererme más que nadie me había abandonado? Era frustrante enfrentarme a aquel malestar que intentaba mantener alejado.
Ella me recordó que yo, tiempo atrás, le había dado carta blanca para cuando ella fuera policía y tuviera "sus contactos" buscara a aquella mujer. No pude evitar las lágrimas, estaba dolida de verdad y mis sentimientos hablaron por mí. 
-Solo te interesa satisfacer tu curiosidad sin tener en cuenta lo que siento, si realmente fueras mi amiga no seguirías erre que erre mortificándome. Necesito estar un tiempo sola y pensar si merece la pena seguir teniéndote como amiga.
Después de aquella discusión no atendí el teléfono cuando Ana Chocolate me llamó ni quise verla cuando vino a mi casa para pedirme perdón, pero a los dos días ya parecía que me faltaba un pedazo de mi cuerpo, no me encontraba a mí misma sin mi amiga del alma. Yo la conocía bien e imaginaba sin miedo a equivocarme que ella estaría peor, la culpa la estaría llevando a subirse por las paredes. 
No tenía sentido continuar con el enfado, vale que mi amiga era una pesada con el temita de mi adopción, pero quizás yo no había sido del todo sincera por omisión, nunca le había manifestado que saberme abandonada al nacer era de todo menos agradable.
Me dirigí a su casa y su madre me recibió emocionada: "ah chiquilla, que mi Ana lleva dos días sin querer salir de la habitación, dice que te has enfadado con ella y que se lo tiene bien merecido, aunque no consigo sacarle prenda, sea lo que sea, soluciónenlo, que ustedes se quieren de verdad".
Mi amiga me recibió literalmente con los brazos abiertos y pidió perdón, reconoció que era muy pesada cuando se le metía algo en la cabeza, pero que le parecía peor no haberse dado cuenta de que me había daño con su insistencia. Prometió no volver a sacarme el tema, cosa que dudé, pero qué bueno era sentirme de nuevo con ella, y que rico el aroma de galletas en el horno que endulzó aquel encuentro.

Continuará. 

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