Después de contarle a Ana Chocolate el incidente del jarrón roto y la extraña reacción de mi abuela, mi amiga se quedó reflexionando unos segundos mientras se mordía las uñas.
-No es que porque tu abuela esté loca, es por la sangre.
-¿Por la sangre? No entiendo lo que quieres decir.
-Cuando estoy con mi familia materna no soy demasiado negra para ellos y cuando es con la familia de mi padre, no soy lo suficientemente blanca. Ellos me quieren, pero en el fondo piensan que no tengo suficiente sangre negra o blanca dependiendo de que lado de la familia que lo mire.
Quitando a tus padres, los demás, al ser adoptada no te integran por completo en su idea de familia, por eso tu abuela se permitió echarle la bronca a tu prima pensando que había roto el jarrón, es una de ellos. Pero a ti de alguna manera te consideran como a una invitada, y ante los invitados procuramos ser amables, por eso no se enfadó contigo. No se lo tengas en cuenta, lo de la sangre es una chorrada, yo a ti te quiero como a una hermana sin necesidad de esas tonterías-.
Muy a mi pesar pensé que mi amiga tenía razón y por primera vez en mi vida sentí el peso de ser adoptada. Y aunque sabía que mis padres me querían y me conmovió que Ana Chocolate me considerara una hermana, no pude evitar el pozo de tristeza que tozudo, vino para quedarse.
Al llegar a mi casa no supe disimular mi mala cara, y mi madre, que me conocía mejor que nadie sin necesidad de haberme parido, me preguntó que me pasaba. Después de contarle la conversación con mi amiga me abrazó con fuerza.
-Ana, estoy segura de que tu abuela te quiere, pero si de alguna manera te hace sentir que eres menos que tu prima, te juro que dejo de hablarle en lo que me queda de vida por muy madre mía que sea.
Esa noche me costó dormir pensando en todo aquello, pero algo me quedó más que claro, si la mujer que me había adoptado estaba dispuesta a dejar de relacionarse con su madre por mi persona, yo era una niña con suerte. Tenía a la mejor madre del mundo.
La niñez quedó atrás y entré en otro período de mi vida de la mano de Ana Chocolate. Nos queríamos como hermanas y como buenas hermanas a veces nos peleábamos con ganas.
Ya estábamos en el instituto y mi amiga seguía sin entender mi falta de interés hacia mi madre biológica y yo no comprendía el interés excesivo y enfermizo que ella tenía sobre el asunto.
Un día cualquiera llegó a mi casa muy excitada, tenía que contarme algo.
-¿Sabes lo qué he averiguado? Que las personas adoptadas al cumplir los 18 años pueden pedir información sobre sus padres biológicos.
-Lo sé desde que era más chica, mis padres me lo explicaron y además, si optara por buscar esa información ellos me acompañarán y apoyarán con lo que sea. Pero deja de comerte las uñas ya, que no tengo la mínima intensión de hacerlo.
-¿Cómo qué no quieres? Es que no te entiendo, no te estoy diciendo que vayas a dejar a tus padres, solo que tienes el derecho a saber quién es tu madre y por qué te abandonó.
-No quiero ejercer ese derecho porque no lo necesito. Mis padres son Lola y David, punto.
-Mira que eres cabezota Ana Zanahoria, por lo menos deja que cuando sea detective de la policía use mis contactos para buscarla por mi cuenta.
Me hizo gracia lo de "usar sus contactos cuando estuviera dentro de la policía", me parecía tan lejano que valía la pena decirle que sí para que me dejara tranquila con el temita durante unos años.
-Si eres capaz de dejar de morderte las uñas te voy a decir que sí.
Continuará.
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