miércoles, 7 de enero de 2026

Ana Chocolate. Capítulo 8.

Ir a capítulo anterior.

 Pasados un par de años mi amiga seguía con el mismo empeño, descubrir quién era mi madre biológica.
Yo no le hacía caso cuando casualmente por la calle coincidíamos con alguna mujer pelirroja y ella me daba un indisimulado codazo, "si es que hasta se te parece, ¿la seguimos?" 
-Los pelirrojos solemos tener la piel clara y pecas, es normal que parezca que nos parecemos, esto parece un trabalenguas, olvídate anda, que no te entra en la cabeza que no tengo  interés por saberlo, mejor te buscas otro misterio que descubrir y me dejas tranquila, pesada, que eres muy pesada, y por cierto, que tonta no soy y me doy cuenta de que entras en el supermercado para espiar a la cajera nueva que es pelirroja, ¿qué piensas hacer, darle una pedrada en la cabeza para que sangre y tomar una muestra para analizarla? Como sigas con esa obsesión vas a terminar tan loca como tu bisabuela. 
-Ya, es que Mariam, ya sabes, la vidente, me dijo que tu madre está muy cerca... sigo sin entender que no quieras saber quién es, no sé quien está más loca de las dos. 
-Pues pregúntale a Mariam que nos va a caer en el examen de mates y deja de comerte ya las uñas, que te estás haciendo sangre. Vamos a estudiar para el examen de mañana y nos dejamos de tonterías. 
A pesar de que me fastidiaba aquel afán detectivesco sobre mis orígenes, me daba cuenta de que mi amiga tenía instinto para la profesión que había elegido, quedó en una anécdota su ocurrencia de poner harina en las zapatillas de su familiares para descubrir al ladrón que resultó ser ladrona, pero me hizo ver que tenía una madurez y una capacidad de análisis que no era normal en una niña de su edad.

 El sábado anterior había ido a celebrar el cumpleaños de mi abuela materna, estaba jugando con mi prima Rosa que tenía mi misma edad y yo sin querer tropecé con una mesa haciendo caer un jarrón que se hizo añicos, justo entró mi abuela y le echó la gran bronca a mi prima. Vale que era una niña movidita y más de un estropicio causaba, pero esta vez había sido yo y así se lo dije a mi abuela. Fue como si pasara de la noche a la mañana, ante mi prima se había mostrado tan enfadada que una vena del cuello parecía a punto de reventarle y su cara escandalosamente roja daba miedo, pero fue confesar mi torpeza y cambiar la cara de mi abuela, bajó los decibelios y con su mejor sonrisa me dijo que no preocupara, que el jarrón ni siquiera le gustaba.
Se lo conté a Chocolate como una gracia, pero cuando encontró la explicación a la extraña forma de actuar de mi abuela me sentí fatal.
¿Cómo había podido estar tan ciega?

Continuará. 





No hay comentarios:

Publicar un comentario