Mi amiga aún siendo una niña estaba tan convencida de que sería detective que le preguntó a su padre que estudios debería realizar, así supo que tendría que estudiar criminalística y opositar para entrar en la policía.
En la librería de mis padres curioseaba para encontrar novelas con argumentos detectivescos y me compartía decepcionada que siempre eran hombres los protagonistas. Yo voy a ser una de las pocas mujeres detectives, me decía segura de sí misma. También veía películas con esa temática, todo le venía bien aunque se quejara del poco o nulo protagonismo femenino.
Cualquier misterio que esperara ser resuelto le parecía una deliciosa golosina y con tanto barullo familiar encontraba la ocasión de meter sus narices en los acontecimientos cotidianos que le plantearan un interrogante.
Su madre antes de acostarse dejaba en las mochilas de todos sus hijos el desayuno escolar. El primer día que Ana Chocolate se dio cuenta en el colegio de le faltaban la fruta y lo que fuera que le hubiera preparado su madre, me dijo comiéndose las uñas, "qué raro, mi madre nunca se olvida de estas cosas". Opiné que con el trajín que tenía era normal que un día se le hubiera pasado, pero al día siguiente cuando se repitió la circunstancia dedujo que algo raro estaba pasando, alguien que vivía bajo su mismo techo le estaba robando el desayuno.
Supe que no iba a parar hasta descubrir al ladrón y me dio la risa cuando me contó su plan: esa noche esperaría hasta que todos se durmieran para poner un poco de harina en las suelas de las zapatillas de cada uno de los habitantes de su casa. Le dije que estaba loca, que a ver si alguien a oscuras iba a patinar por la harina y romperse la cabeza, pero según ella iba a ser poca cosa, lo justo para que un pequeño rastro blanco en el suelo la llevara hasta la habitación del culpable.
A la mañana siguiente en cuanto nos vimos en el colegio me contó lo sucedido: su bisabuela, a la que llevaban en silla de ruedas porque no podía caminar se levantaba por las noches para vaciar la mochila de su bisnieta.
-Sorpresa, la muy jodía nos tenía a todos engañados, sí que puede caminar y tiene a mi madre pendiente de que la lleve aquí o allá en silla de ruedas, ya sabíamos que tiene un carácter de mil demonios, pero hubiera puesto la mano en el fuego por que ella no haría algo así, robar y engañarnos. Pero me viene bien, he aprendido que no se puede poner la mano en el fuego por nadie. Ahora toca la parte difícil, no sé si debo hablar directamente con ella que está como una cabra o hablar con mi madre. Bueno, ya se me ocurrirá algo-.
Yo también saqué una conclusión de aquella experiencia: mi amiga tenía madera de detective. Miedo me daba que siguiera con su cabezonería de encontrar a una madre biológica de la que yo no quería saber nada.
Continuará.
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