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No me equivoqué, los días siguientes mi amiga me acribilló a preguntas respecto a mi adopción.
Ya la iba conociendo y sabía que no tenía mala intención, su naturaleza curiosa la hacía querer saberlo todo cuando algo se le metía en la cabeza, pero me sentía incómoda, no sabía poner en palabras mis sentimientos y me limité a compartirle los pocos datos que conocía a través de mis padres, como que me habían traído a casa cuando yo solo tenía tres meses. Eso no saciaba a Ana Chocolate que seguía con su interrogatorio. ¿No quería saber quién era mi madre de verdad o mi padre?
-Mis padres de verdad son Lola y David, los que tú conoces. Si la persona que me trajo al mundo me dejó sería porque no iba a ser una buena madre, así que he tenido suerte, tengo unos padres geniales.
Pero la intriga de mi amiga me dejaba un regusto extraño que me hacía reflexionar sobre mi familia.
Mi madre Lola solo con rozar mi frente con sus labios sabía si yo tenía fiebre y cuando enfermaba sus cuidados eran mi mejor medicina. Mi padre David, aquel hombretón que medía casi dos metros me cogía con delicadeza cuando me quedaba dormida en el sofá para llevarme a mi cama, me gustaba tanto que a veces me hacía la dormida, la ternura en los gestos de mi padre me hacían saber cuánto me quería. No necesitaba conocer a mi madre biológica y así se lo expresé a Ana Chocolate, pero ella estaba absolutamente convencida de yo tenía el derecho de saber quien me había parido.
Cuando soltó la frase "se me está ocurriendo algo" se me encendieron las alarmas.
-¿Sabes? Cuando sea mayor me voy a hacer detective y voy a descubrir quién es tu madre.
Vale, le respondí aliviada, por lo menos tendría unos años hasta que mi querida tocaya cumpliera su propósito, porque cuando algo se le metía en la cabeza....
El tiempo hizo que conociera mejor a mi amiga, sabía que era novelera, entrometida, cabezota, preguntona, pero era la mejor amiga que nunca había tenido. Supongo que a ella le molestarían algunas cosas de mi carácter, pero sabía que el cariño era mutuo. En el fondo nos complementábamos y nuestros respectivos padres, que lo supieron ver, fomentaron esa amistad.
Nos convertimos en inseparables, me acostumbré a la locura de su casa con personas que entraban y salían constantemente. Alucinaba con la actividad incansable e imparable de Aminata, la madre de mi amiga, sin duda la matriarca que dirigía aquel barco caótico sin que se hundiera. Me preguntaba de donde sacaba tiempo para hacerme las galletas caseras que tanto me gustaban cuando sabía que yo iba a merendar en su casa.
El otro lado de la moneda era la tranquilidad de mi casa, allí Ana Chocolate disfrutaba del silencio como si de un tesoro se tratara. La ausencia del caos hacía que estudiar en mi casa fuera para ella un oasis en mitad del desierto.
Todo iba bien entre nosotras aunque recurrentemente volviera con sus preguntas.
-¿De verdad no quieres saber si tienes hermanos? ¿No quieres saber por qué te dieron en adopción?
Interrogantes que con la confianza terminaban de la misma manera por mi parte.
-No y no, mira que eres pesada.
Continuará.
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