Después de que mis dos amigos negaran la autoría del libro me llamó Mari exaltada.
-Lucas y Kevin me tienen frita, los dos quieren tener el libro ya, voy a tener que escanearlo y que uno de ellos lo lea en el ordenador. Chacho Saulo, que el tiempo no me sobra, a ver como me las arreglo que los dos quedaron en pasar por mi casa hoy.
-Ya que lo vas a escanear me lo pasas que quiero leerlo otra vez.
-Claro guana, que no tengo otra cosa que hacer... En fin, quizás sea mejor así, que todos los hayamos leído antes de vernos y tratar el temita. Te dejo coco liso que tengo lío.
De nuevo tenía que enfrentarme a los días que restaban para vernos los Dragones y daba por hecho que por mucho que lo propusiera, el asunto iba a seguir martilleando mi cabeza.
No me equivoqué y volví a verme con ocho años.
Los Dragones ya estábamos hechos al centro de acogida y al colegio, aquellas rutinas nos ayudaban a estabilizarnos emocionalmente.
Entonces, con ocho años, ya los niños leían de corrido, pero a Mari le seguía costando ponerse al mismo nivel. Se desesperaba repitiéndose que era tonta, torpe, de nada le servía que yo le dijera que era muy inteligente y la mejor del curso con las matemáticas, seguía deprimida. Entonces una profesora llamó al centro y citó a una educadora. En aquella reunión por supuesto estuvo presente Mari y lo que la profesora quería comunicarles era que estaba casi segura de que mi amiga era disléxica.
Le explicó lo que significaba y que lo que correspondía era que acudiera a un centro especializado donde la evaluaran.
No se equivocó la profesora, mi amiga era disléxica, tendría que ir por las tardes a unas sesiones externas que la ayudarían con el trastorno del aprendizaje que le impedía avanzar con las letras, estaba aliviada al poder ponerle nombre a su desventaja, y también contenta, mediante aquellas sesiones iba a mejorar sus habilidades lectoras y de escritura y podría avanzar en sus estudios como los demás.
El primer día que acudió por la tarde a la sección con el logopeda la eché de menos. Kevin había insistido tanto en el centro con el ejercicio físico que le consiguieron unas pesas y las cogió -nunca mejor dicho- con ganas y para Lucas no había actividad que lo relajara más que dibujar en su blog. O sea, que yo me estaba aburriendo.
Sin saber como pasar el tiempo hasta que llegara Mari me vi en la cocina del centro y una cocinera, Carmensa me preguntó que si necesitaba algo, -no sé que hacer- respondí cabizbajo, y aquella mujer poniéndome un delantal que me llegaba casi a los pies, me puso a deshojar una lechuga.
Continuará.
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