jueves, 9 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 9.

 Llegó el momento de conocer a mis suegros. 
Según Virginia, sus padres ya se olían que algún noviete había por ahí, y cuando les dijo que era hora de conocerme, la acribillaron a preguntas. Según ella no les dio mucha información, no quería que se hicieran una idea preconcebida sin conocerme en persona. Se había limitado a decirles que estaba con un buen chico que era dueño de una pequeña empresa. Cuando me lo contó me hizo gracia, técnicamente era cierto, pero era exagerado llamar "pequeña empresa" a mi taxi.
Me advirtió de que su madre me cosería a preguntas y probablemente su padre se mantuviera en un segundo plano observando con detenimiento. 
Me tenía acojonado, pero según ella, eran buenas personas aunque a primera vista parecieran estirados.
El día de la cita estaba nervioso y por no llegar con las manos vacías me gasté mis buenos dineros en bombones y puros, siguiendo el consejo de Virginia.
Yo sabía donde vivían, más de una vez había ido con mi taxi a buscar a mi chica a su casa, un chalet en Ciudad Jardín, pero me sorprendió lo grande que era una vez dentro.
Entré de la mano de Virginia y me presentó a sus padres: Victoria y Julián.
Victoria cogió la caja de bombones como si fuera un paquete de pañuelos desechables usados y la primera frase que me dirigió me dejó anonadado.
-Jose te llaman, por lo menos no te dicen Pepe, qué vulgaridad.
Me entraron los siete males y fui incapaz de morderme la lengua.
-Perdone señora, pero a mi padre todo el mundo lo conoce por Pepe y ya quisieran muchos tener su categoría humana.
El padre, con un carraspeo forzado intervino, supongo que por intentar que saliéramos de aquel atolladero.
-Seguro que tu padre es una persona excelente que te ha sabido educar bien, según tengo entendido a tus veinte años ya tienes tu propia empresa, que por pequeña que sea ya tiene mérito.
-Pues sí, expliqué, gracias a mi padre tengo un taxi y a eso me dedico.
Virginia no había dicho ni una sola palabra después de la presentación, parecía estar conteniendo la respiración.
¿Entonces, tienes un empleado? preguntó el padre.
-No, yo soy taxista. Y a mucha honra.
El hombre se quedó con la boca abierta sin decir nada, supongo que intentando digerir lo que acababa de escuchar, pero Victoria, la madre, mientras se abanicaba con fuerza se dirigió a Virginia.
- ¿Qué pasa? ¿No te basta con tus carreras frustradas para humillarnos? ¿Ahora nos vienes con que tienes un novia taxista? 
Sentí tanta vergüenza ajena que me di la media vuelta para salir de aquella casa, pero Virginia me cogió de la mano y por fin se atrevió a abrir la boca.
-Jose es una persona estupenda, con valores, me quiere y me cuida. Y sí, es taxista, ¿pasa algo? porque voy a seguir con él. Mamá, o te disculpas ahora mismo o salgo por esa puerta con él y no me vuelven a ver.
Temieron que no fuera un farol, porque aquella mujer tan elegante y estirada soltó unas disculpas que seguro no sentía, mientras el padre me daba unas palmaditas en la espalda intentando destensar la incómoda situación.
Acepté las disculpas y las palmaditas. Intenté ser cortés mientras nos tomábamos el aperitivo que por supuesto trajo una señora del servicio.
Si ellos estaban tragándome por el amor a su hija, yo también la quería.
Así que no hice lo que me pedía el cuerpo, salir corriendo de aquella casa.

Continuará. 





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