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Aunque los tres primeros meses de Thiago nos parecieron una vida, terminaron pasando.
No es que fuera cumplirlos y que dejara de llorar, no, pero se fueron espaciando sus cólicos y comenzó a hacer lo que se espera de un bebé: comer, dormir y ensuciar pañales.
Por supuesto seguimos con la pediatra Belén, que le hacía las revisiones oportunas o que lo atendía cuando surgía algo. A día de hoy lo sigue llevándolo.
Pero retrocedo donde me quedé, con mi precioso niño cogiendo peso y dedicándonos unas sonrisas y unos balbuceos que nos enamoraban.
La relación con mis suegros mejoró, supimos ver que todos queríamos a Virginia y nos relajamos, aunque mi suegra siguió con su mal carácter. Siendo justos, tanto ella como mi madre estuvieron pendientes para echar una mano cuando las necesitábamos.
Aparentemente todo iba bien, pero yo notaba a Virginia apagada, tristona. Cuando me comentaba que se sentía mala madre por no darle el pecho a Thiago se me partía el alma. Yo le decía que las circunstancias eran las que eran, pero que el niño estaba perfectamente atendido por ella y que a buena madre no le ganaba nadie.
Me daba cuenta de que su mundo se reducía a cuidar del bebé y poco más, intentaba animarla con las anécdotas del taxi, siempre le habían gustado, y aunque yo me implicaba en la crianza todo lo que me permitía mi trabajo, era consciente de la suerte que tenía compartiendo cada días vivencias con otras personas. Ella necesitaba abrirse al mundo exterior, conocer gente, hacer algo más que centrarse exclusivamente en el niño.
-Amor, no puedes estar todo el día metida aquí, metes a Thiago en el carrito y sales a pasear, a los dos les vendrá bien que les dé el aire y la vitamina D. Seguro que si vas al parque que está cerca de casa te encontrarás con otras madres y charlas un ratillo. Y también puedes dejarlo conmigo cuando no trabajo y hacer algo, no sé, ir al cine o lo que se te apetezca y sabes que las abuelas también pueden quedarse con el niño y nosotros salir aunque sea un par de horas.
Accedió a dar breves paseos para que el niño recibiera al vitamina D, o a salir a comer algún domingo conmigo y con el niño. Del resto nada, le daba apuro tirar de nuestras madres, cuando no era porque el niño tenía algo de tos, era porque se le había puesto una vacuna y no estaba tranquila sabiendo que Thiago podía tener alguna décima.
Yo entendía que se ocupara y preocupara por Thiago, era lo que tocaba, pero me seguía pareciendo que la tristeza de Virginia estaba durando demasiado. Le hablé de ir a terapia, quizás estaba arrastrando una depresión posparto, pero me dijo que tan mal no se encontraba.
Esperaba que al igual que los cólicos, el estado anímico de mi mujer mejorara, si no, tendría que hacer al algo al respecto.
Continuará.
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