miércoles, 19 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 21.

 Después del susto que nos llevamos con Thiago Virginia dejó de ir al gimnasio. 
Necesitaba estar localizada continuamente cuando el niño estaba en el colegio, me pareció exagerado, pero supe ver que volvían sus inseguridades, su temor a no ser una buena madre.
Yo en el taxi veía de todo y raro era la semana que no llevaba a alguna madre o padre con su criatura al Materno por accidentes infantiles. Una niña que se había metido una goma en la nariz, otro que se había quemado al poner las manos en la cocina encendida... y lo compartía con Virginia para tranquilizarla.
-Mira, esas cosas pasan continuamente cuando los hijos son pequeños, nosotros no nos podemos quejar, Thiago no es un niño travieso, creo que de momento no nos dará esos sustos por imprudencias infantiles. ¿Qué tropezará y se caerá? Como cualquier niño de su edad y esas cosas no las podremos evitar esté o no con nosotros. 
Pero no conseguía convencer a Virginia y volví a insinuarle que le vendría bien ir a terapia, seguía pensando que ella arrastraba una depresión postparto, pero era misión imposible. No quería saber nada al respecto.
Pasaron unos meses y un día llegó el niño con una notificación en la mochila. En el colegio necesitaban personas que  participaran activamente en el ampa, como la mayoría de madres y padres trabajaban, no era fácil conseguir gente dispuesta a echar unas horas para ir de acompañantes a las excursiones o que se involucraran en actividades lúdicas.
-Mira Virginia, a mí me encantaría, pero con mis horarios no me puedo comprometer, ¿no se te apetece? 
-Pues no me lo había planteado, pero por preguntar no se pierde nada, mañana cuando deje al niño me paso por secretaría a ver si puedo colaborar en algo.
Ese "colaborar en algo" se convirtió en una actividad que le vino de maravillas a Virginia, aparte de las típicas excusiones el colegio organizaba actividades culturales, y cada trimestre ofrecía alguna representación teatral o musical.
Virginia me sorprendió cuando llegó a casa cargada de telas.
-Mira Jose, voy a hacer el vestuario para la próxima representación de los niños, me va a tocar hacer unos cuantos vestidos de elfos y hadas.
-¿Tú sabes coser?
-Sí, de pequeña tuve durante años una "tata", Pino se llamaba, había sido modista y se entretenía haciendo ropita para mis muñecas. Me gustaba tanto que poco a poco me fue enseñando y la verdad es que no se me daba mal. Hasta llegué a decirle a mi  madre que de grande sería modista, pero ya sabes como es, me hizo bajar de la nube, según ella eso era para gente pobre y de mí se esperaba algo mejor.
Y Thiago me va a servir de maniquí, estos disfraces no van pegados al cuerpo y más o menos son todos de un mismo tamaño.
Mi hijo no solo se prestó, sino que le gustaba. 
La alarma se volvió a activar cuando expresó que él no quería ir vestido de elfo, él quería el traje de hada. Aquellos comentarios feminizándose eran cada vez más habituales.
Virginia y yo no podíamos enterrar la cabeza como avestruces, había llegado el momento de hablar sobre del tema.

Continuará. 




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