Los meses siguientes del duelo de Ana fueron duros, pero pudo contar con nosotros.
Curiosamente mi mujer, que siempre se había mostrado insegura, supo ganarse la confianza de Ana, animándola a retomar la vida que había dejado en pausa cuando había nacido su hijo discapacitado.
Puedo decir que perdí a una clienta y gané a una amiga.
Ana poco a poco fue remontando, la pena por la pérdida no desaparecería con ninguna varita mágica, pero volví a ver a la mujer fuerte y resolutiva que había conocido en el taxi.
Mi mujer también se mostraba diferente, seguía con la psicóloga, decía que la estaba ayudando a ser ella misma. Y vaya si se le notaba el cambio, ya se atrevía a contradecir a su madre cuando le proponía algo que no le agradaba.
Hasta ahí perfecto, me gustaba esa nueva Virginia y Thiago estaba bien aunque expresara su extrañeza, por decirlo de alguna manera, ante el cuerpo masculino que le había tocado en suerte. Esporádicamente acudía a la psicóloga, nos preocupaba que su mente infantil se trabucara, pero parecía que no mostraba signos que nos alarmaran.
Yo mientras seguía con mi taxi tan contento, me gratificaba lo de siempre en esa profesión: conocer gente diferente de la que siempre podía aprender algo.
Un domingo que salimos a comer fuera acompañados de Ana, expresé que se me hacía raro que nadie hubiera vomitado en mi taxi desde hacía un buen tiempo, si mi padre tenía un don para las embarazadas que parían en su coche, a mí me tocaban niños enfermos que no se podían aguantar y me dejaban el coche perdido. Ana con su humor ácido me dijo que ya me tocaba.
Pues justo al día siguiente recogí a un padre con su niña para que los llevara al materno y durante el trayecto sucedió, a la niña le salió por la boca una "barranquera" abundante. En esos casos los padres se excusaban avergonzados. Yo les decía que siendo padre de un niño pequeño sabía que hay cosas que no se podían evitar, abría todas las ventanas del taxi, limpiaba lo "más gordo" como podía y llevaba al coche a un taller especializado en limpieza de tapicería.
Llegué a mi casa suponiendo que Virginia se lo tomaría a guasa, justo el día antes hablando de eso y me había pasado, pero cuando le conté lo sucedido la noté seria.
-¿Te pasa algo Virginia? No tienes buena cara.
-Lo que me pasa es que tenemos que hablar.
Algo me dijo que lo iba a escuchar no me iba a gustar.
Continuará.
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