miércoles, 16 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 30.

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 Por lo menos Thiago no parecía afectado por nuestra separación, aunque a veces nos pedía pasar juntos los fines de semana.
Virginia y yo aceptamos, a ella no parecía afectarle compartir ese tiempo conmigo, y yo.... yo seguía haciendo de tripas corazón.
En una de esas salidas Thiago comentó que había visto por la tele el ballet "el lago de los cisnes" y que quería ser bailarín. Ya había estado en varias actividades y no se decantaba por ninguna. 
-Mamá y yo lo estudiaremos Thiago, hay que ver si cerca de casa hay alguna academia, cuando estemos informados te lo diremos.
En ese sentido -cuando del niño se trataba- seguíamos estando unidos. Después de hablarlo entre nosotros, le pedimos opinión a Rosa, la psicóloga. El ballet era una disciplina básicamente femenina y no sabíamos si ayudaría a Thiago con su condición o lo contrario. La opinión de Rosa es que dejáramos que el niño probara, si le gustaba y tenía actitudes sería positivo.
Así fue como Thiago comenzó sus clases de ballet, era el único niño y él encantado, además, como nos dijo al poco tiempo, era el bailarín principal. 
Era una disciplina dura, pero nunca había visto a mi hijo tan feliz, tenía actitudes y cuando bailaba se olvidaba del mundo y sus ruindades. Al tiempo se apuntó otro niño, pero él siguió ostentando el título de bailarín principal.
Virginia ya tenía su título de modista y se enteró de que la persona que elaboraba el vestuario en la escuela de ballet se jubilaba, se atrevió a ofrecerse y consiguió su primer trabajo remunerado. A ella le sobraba el dinero, pero estaba satisfecha haciendo algo por ella misma. 
La relación entre nosotros seguía igual, o sea, ella feliz de la vida y yo igual de encabronado. Rotábamos semanalmente de la casa al apartamento sin que Thiago estuviera del tingo al tango, pero con lo del trabajo Virginia necesita un buen espacio para sus utensilios de costura,y el apartamento era pequeño.
-Jose, quiero habilitar en la casa un par de habitaciones y transformarlas en mi taller, es lo bastante grande para no importunarte cuando te toque estar a ti, de noche por supuesto vuelvo al apartamento la semana que no me toque con el niño. ¿Qué te parece?
-No sé si confundiremos al niño, le dije, cuando lo que realmente pensaba es que me confundía a mí.
-Probamos y si no funciona me busco un local en otro sitio.
Me desconcertaba Virginia, aunque bien mirado si siempre me había visto como a un amigo no era raro que no le costara compartir espacio conmigo. Pero yo no la veía de igual manera, seguía, a mi pesar, enamorado de ella. 
Ya casi hacía un año que nos habíamos separado y ella no había mencionado en ningún momento lo de formalizar el divorcio. Pensé que quizá hacer ese trámite me ayudaría a pasar página y le saqué el tema.
-Ay Jose, la burocracia me da una pereza... Además, ahora tengo un montón de trabajo y no me sobra el tiempo, déjalo para más adelante.
No terminé de entenderla, era ir a un abogado y firmar los papeles.
-Vale, Virginia, pero prefiero hacer las cosas bien y no dejarnos ir, avísame cuando estés menos liada y si no, pues ya moveré yo ficha.

Continuará.


Diario de un taxista. Capítulo 29.

 Después de la inesperada decisión de Virginia sentí que había sido el tonto útil. 
Los primeros mes la rabia me podía, ¿cómo no supe darme cuenta antes? Recordé que mi hermana Carmen me lo había advertido, pero yo ciego enamorado no quise verlo.
Pero tenía que seguir con mi vida y lo primordial en ella seguía siendo mi hijo Thiago. No me quedó más remedio que ponerme de acuerdo con Virginia para ver como le planteábamos la nueva situación a nuestro hijo, preparamos el típico discurso, el de que a veces los padres eligen caminos diferentes pero que seguirían queriendo a su hijo de la misma forma. Thiago nos sorprendió al tomarlo con naturalidad, tenía amigas con padres separados y nos preguntó si iba a tener que vivir en dos casas. Le explicamos que lo mejor es que continuara en la de siempre y que ya nos moveríamos los adultos.
Cuando expliqué a mi familia lo que estaba pasando, mi hermana no dijo nada, pero leí en su expresión el "ya te lo dije", mis padres me animaron, yo no era ni el primero ni el último en pasar por ese trance, añadieron que yo era joven y tenía todo el tiempo del mundo para rehacer mi vida. 
Virginia se ocupó de hablar con sus padres, según ella lo asumieron, y aunque hubiera sido de otra forma, a ella le hubiera dado igual, era su vida y ya tocaba tomar sus propias decisiones.
Mi suegra, o mejor dicho exsuegra, me llamó.
-Jose, ya sé que no empezamos con buen pie por mi puñetero carácter, pero lo de la separación me ha sentado fatal, he visto que eres buena persona y que has formado una familia con Virginia porque la quieres, no has ido detrás del dinero. Esta hija mía no sabe lo que quiere, por favor, dale tiempo, cuando se aclare querrá volver contigo.
Me acostumbré a desahogarme con  mi amiga Ana, ella no se pronunciaba, pero me hacía bien hablar con ella.
Por el bien de Thiago me tragaba la bilis cuando tenía que coincidir con Virginia y el niño, procurando actuar con una tranquilidad que para nada sentía. A ella la veía segura, tranquila y era inevitable preguntarme si ya había ocupado su corazón con otro hombre.
Como siempre, el taxi era mi terapia, haciéndome olvidar durante algunas horas lo desgraciado que me sentía. 
Eso y poder contar con Ana fueron el bálsamo emocional que necesitaba.

Continuará.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 28.

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Virginia -seria pero segura- se atrevió a expresar lo que le estaba sucediendo.
-Jose, tú sabes que siempre he sido insegura, apocada, sin alicientes en los estudios. De pequeña fui una niña obediente y ya en la adolescencia, en vez de revelarme contra mis padres, como suele suceder, seguí siendo la hija buena que no se atrevía a contrariarlos, no quería decepcionarlos. Me sentía tan poca cosa que ni amigas tuve, y cuando te conocí me sentí segura a tu lado, eres una buena persona y me engañé creyendo que me había enamorado de ti. Vi la  posibilidad de escapar de mi vida anterior y decidida a cambiar de vida a tu lado me quedé embarazada a posta. Te mentí cuando te dije que había sido "un accidente". Ahora con la terapia estoy por primera vez viéndome como alguien capaz de tener vida propia si estar bajo la sombra de nadie. Quiero vivir sola por un tiempo, también quiero tener el título que me permita abrir mi taller de costura, resumiendo, quiero se independiente.
Se me cayó el mundo encima ante las palabras de mi mujer, diversos pensamientos se me cruzaron confundiéndome, pero estaba claro lo que había escuchado.
-Vale, si lo entiendo bien me estás dando la patada, me utilizaste y me mentiste. No te puedo obligar a estar conmigo si no quieres, pero lo que tengo clarísimo es que no voy a permitir que nos separemos y que Thiago esté una semana aquí y otra allí, no quiero eso para mi hijo.
-Yo tampoco lo quiero,  había pensado comprar un apartamento aquí cerca. Si no nos apuntamos a brutos cuando te toque estar con el niño estarán los dos en esta casa, y cuando me toque a mí tú te vas al apartamento. No quiero dramas que alteren al niño, y eso depende de nosotros dos.
-Tengo que pensar en mí, las dos propiedades estarían a tu nombre y en cualquier momento me puedes dejar en la calle.
-Eso no va a pasar, pienso poner las dos propiedades a tu nombre y por supuesto de Thiago. 
-Claro, lo que tiene ser rica, que te puedes permitir comprar lo que quieras cuando quieras, pero ten claro que a mí no me vas a poder comprar.
-Entiendo que estés enfadado Jose, pero piensa en el niño, tenemos que hacer lo mejor para él.
-Necesito pensar, le dije mientras salí dando un portazo.
Estaba rabioso, defraudado, la Virginia que pensaba conocer bien me había mentido y utilizado y ahora que por primera vez se encontraba bien psicológicamente yo le sobraba. 
Necesitaba desahogarme con alguien, pero no quise preocupar a mi familia y llamé a Ana.
Ya en su casa mientras le contaba lo sucedido no pude evitar los lagrimones que me quemaban, ella me dejó hablar y hablar y cuando me vio más tranquilo fue sincera.
-Es una putada lo que me estás contando, Virginia no fue honesta cuando comenzaron la relación, supongo que en el fondo te vio siempre como a un buen amigo. ¿Está mal? Sí, no te lo mereces, pero la cabeza es la hostia y si ahora ella se quiere afirmar lo entiendo. Y lo más importante, la propuesta me parece correcta, creo que es lo mejor para Thiago. Y no te me enfades, pero me considero amiga tuya y de Virginia, por eso si se quiere desahogar conmigo la voy a escuchar. ¿Lo entiendes?
-Sí, no me queda más remedio, no quiero perder a mi mujer y a mi amiga al mismo tiempo. Solo te pido que seas imparcial en la guerra que comienza ahora entre Virginia y  yo.

Continuará.


Diario de un taxista. Capítulo 27.

 Los meses siguientes del duelo de Ana fueron duros, pero pudo contar con nosotros.
Curiosamente mi mujer, que siempre se había mostrado insegura, supo ganarse la confianza de Ana, animándola a retomar la vida que había dejado en pausa cuando había nacido su hijo discapacitado.
Puedo decir que perdí a una clienta y gané a una amiga.
Ana poco a poco fue remontando, la pena por la pérdida no desaparecería con ninguna varita mágica, pero volví a ver a la mujer fuerte y resolutiva que había conocido en el taxi.
Mi mujer también se mostraba diferente, seguía con la psicóloga, decía que la estaba ayudando a ser ella misma. Y vaya si se le notaba el cambio, ya se atrevía a contradecir a su madre cuando le proponía algo que no le agradaba.
Hasta ahí perfecto, me gustaba esa nueva Virginia y Thiago estaba bien aunque expresara su extrañeza, por decirlo de alguna manera, ante el cuerpo masculino que le había tocado en suerte. Esporádicamente acudía a la psicóloga, nos preocupaba que su mente infantil se trabucara, pero parecía que no mostraba signos que nos alarmaran.
Yo mientras seguía con mi taxi tan contento, me gratificaba lo de siempre en esa profesión: conocer gente diferente de la que siempre podía aprender algo. 
Un domingo que salimos a comer fuera acompañados de Ana, expresé que se me hacía raro que nadie hubiera vomitado en mi taxi desde hacía un buen tiempo,  si mi padre tenía un don para las embarazadas que parían en su coche, a mí me tocaban niños enfermos que no se podían aguantar y me dejaban el coche perdido. Ana con su humor ácido me dijo que ya me tocaba. 
Pues justo al día siguiente recogí a un padre con su niña para que los llevara al materno y durante el trayecto sucedió, a la niña le salió por la boca una "barranquera" abundante. En esos casos los padres se excusaban avergonzados. Yo les decía que siendo padre de un niño pequeño sabía que hay cosas que no se podían evitar, abría todas las ventanas del taxi, limpiaba lo "más gordo" como podía y llevaba al coche a un taller especializado en limpieza de tapicería.
Llegué a mi casa suponiendo que Virginia se lo tomaría a guasa, justo el día antes hablando de eso y me había pasado, pero cuando le conté lo sucedido la noté seria.
-¿Te pasa algo Virginia? No tienes buena cara.
-Lo que me pasa es que tenemos que hablar.
Algo me dijo que lo iba a escuchar no me iba a gustar.

Continuará. 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 26.

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 Virginia sabía por mi boca las circunstancias de Ana y su niño. 
Como siempre yo le contaba mis interacciones con los clientes del taxi que, por lo que fuera, veía a menudo. Mi mujer se conmovió cuando supo la última conversación que había tenido con Ana, se puso en la piel de otra madre que durante casi dos años había tenido que convivir con el sufrimiento. Por eso, cuando le dije que Ana me había invitado al cumpleaños del niño quiso involucrarse.
-Jose, ¿tú crees que a Ana le sentará mal que quiera ir contigo a ese cumpleaños? Me gustaría conocerla y a Suso, igual hasta podríamos llevar a Thiago, quizás ver que existen otras realidades lo ayude en algún momento.
-Me parece buena idea, esta semana tengo que llevarla de nuevo al hospital y se lo comento.
Cuando hablé con Ana de la conversación que mantuve con Virginia estuvo encantada de conocerla y por supuesto a Thiago. Pero los planes son los que son: a menudo no se pueden cumplir.
Faltando un par de días para el cumpleaños de Thiago recibí una llamada de Ana, supuse que algo malo pasaba, eran  las las seis de la mañana.
-Jose, el niño no respira y está helado, supongo que de madrugada se le paró el corazón. No sé qué hacer, estoy bloqueada.
Le dije que iba hacia su casa y le conté a Virginia lo sucedido.
-La pobre, debe estar destrozada, te quiero acompañar, llamo a mi madre que se pone en diez minutos en casa y se ocupa de Thiago.
A la media hora ya estábamos en la casa de una desolada Ana en evidente estado de shock. Aunque mi mujer y ella no se conocían, Virginia la abrazó con fuerza dejando que Ana se desahogara. 
-Perdona Ana, sé que tienes que llorar, pero tengo que saberlo. ¿Has llamado a emergencias? 
-Solo te he llamado a ti.
-No pasa nada, yo me ocupo y déjame el teléfono del padre. Si no se preocupó de la vida de su hijo que se ocupe de su muerte.
Llamé primero al 112 y mientras estaban en camino llamé al padre de Thiago.
Le comuniqué el fallecimiento de su hijo y le hice saber que Ana estaba destrozada. No sé como tuve las agallas con el aquel hombre que ni conocía, pero le exigí que se hiciera cargo de los trámites que fueran necesarios. Supongo que le cogí en la cama y que estaría procesando la noticia cuando se mantuvo en silencio durante un breve espacio, luego con la voz temblorosa afirmó que cumpliría.
Lo que vino después fue sumamente desagradable para Virginia y para mí. Para Ana fue un suplicio.
Los siguientes días mi mujer y yo nos turnábamos para no dejarla sola, la mujer fuerte que luchaba por su hijo discapacitado con uñas y con dientes había desaparecido, solo le cabía el dolor. 
-Racionaliza Ana -quise animarla- tu niño no tenía una buena vida por más que tú lo quisieras, ya está descansando. Ahora te toca en otro sentido descansar a ti. Y sabes que nos tienes a Virginia y a mí para lo que haga falta. 
-Ya, lo sé y sabía que al niño le quedaba poco, pero ¿cómo aprendo ahora a dejar de ser madre?

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 25.

 No sé que me llevó a invitar a Ana a desayunar, era extraño, porque sin considerarla aún como a una amiga me apetecía hablar con ella y contarle lo que le sucedía a mi hijo.
Nos sentamos en una terracita para que a su niño le diera el sol, me volvió a preguntar por lo que le sucedía a mi hijo y me animé a contárselo.
-Pues Thiago tiene un problema. Como se suele decir, ha nacido en un cuerpo equivocado, vamos que es transgénero.
-Te lo cambio por el mío.
Ella debió percatarse de mi cara de asombro y se excusó.
-Persona Jose, no me conoces lo suficiente para saber que tengo un humor negro, bastante negro, para que nos vamos a engañar. Pero si me permites que sea totalmente sincera no me parece adecuado que lo expreses como un problema, ¿qué es complicado? no te lo niego, pero el problema lo tendrá quien no sepa aceptar su condición.
Sus palabras se quedaron grabadas, con tan poco había dicho tanto...
Me di cuenta de que Suso babeaba en exceso y con el babero lo limpié.
-Mira -dijo Ana- mueve la cabeza de lado a lado porque está contento, tú le gustas y es su forma de agradecértelo. Gracias Jose, agradezco encontrarme con una persona buena como tú, me hace seguir creyendo en el género humano. Ni te imaginas la de desplantes que recibo cada día cuando la gente tuerce el gesto ante las babas de mi niño...
-Me lo puedo imaginar, debe ser psicológicamente agotador para ti, ¿no te has planteado ponerlo en algún centro especializado unas horas para que puedas tener algo de alivio?
-Mira, hoy parece que los astros se han alineado de alguna manera especial para que se den las confidencias. 
Aunque suene chungo Suso nació con fecha de caducidad, al nacer me dijeron que no pasaría de los seis meses y míralo, aunque no lo parezca por lo chiquito que es va a cumplir dos añitos dentro de un par de semanas, pero soy realista, aunque sea un jabato no podrá seguir peleando mucho más, le queda poquito para que lo ingresen en paliativos, tiene los órganos vitales demasiado tocados. No quiero perderme ni un segundo de su vida. 
-Qué duro Ana, cuenta conmigo para lo que necesites a cualquier hora, aunque sea para desahogarte.
-Te lo agradezco, pero ya lloraré cuando mi niño no esté, mientras pienso disfrutar hasta de sus babas. Y sé que no cumplirá más de dos años, así que pienso comprarle una tartita de chocolate aunque se la tenga que triturar como hago con todo lo que come. ¿Quieres venir a su cumple? Le caes bien.
-Cuenta conmigo -le respondí con el corazón en un puño-.

Continuará. 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 24.

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Los siguientes meses fueron raros, de adaptación por decirlo de alguna manera.
Virginia y yo hablamos con nuestras respectivas familias, formaban parte de la vida de Thiago y tenían derecho a saber sus circunstancias. 
Mi madre y mi hermana de alguna forma lo intuían, no las cogió por sorpresa, pero a mi padre le costó aceptarlo. "Apunta al niño a fútbol y seguro que se le quita ese lado femenino que dices que tiene". Me armé de paciencia para que comprendiera que no se le iba a pasar por más patadas que le diera a un balón. Con mis suegros pasó algo parecido, en contra de lo que pensaba, Victoria -mi suegra- dijo que  contáramos con ella para lo que necesitáramos y Julio -mi suegro- reaccionó más o menos como mi padre.
Me pregunté si los hombres en general somos más obtusos para según que cosas. 
Virginia y yo íbamos puntualmente a la consulta de Rosa, la psicóloga, nos daba herramientas para que pudiéramos responder a Thiago cuando verbalizaba que era una niña, con el paso del tiempo sus preguntas y referencias al respecto fueron en aumento. La situación era complicada, porque en el fondo mi mujer y yo temíamos el rechazo que sin duda sufriría. Siguiendo las pautas de la psicóloga tuvimos que aprender a vivir el día a día, ya nos enfrentaríamos a las dificultades que estaban por venir cuando llegara el momento. 
Al mismo tiempo Virginia acudía sola a la misma psicóloga,  poco tardó en decirle lo que yo pensaba: arrastraba una depresión posparto. La verdad es que noté cambios en mi mujer, como si empezara a despegarse de capas de piel que la habían cubierto desde siempre, se notaba que la terapia la estaba ayudando, porque aunque seguía siendo la misma, estaba diferente, como más segura y a pesar de la condición de Thiago, parecía que por primera vez vivía sin miedos.
Yo seguí mi terapia de siempre, el taxi. Seguí llevando a la vecina de mi madre Emilianita, puntualmente al centro de salud, la pobre cada vez estaba más ida, y se añadió otra clienta habitual, Ana, la madre del niño con parálisis cerebral.
Después de la primera vez que la llevé en mi taxi me llamó por teléfono para ver si la podía llevar al hospital con su niño y como debía acudir semanalmente se convirtió en una clienta fija.
Con el paso del tiempo fue desgranando su historia. 
Sus padres vivían en Portugal, ella había estudiado bellas artes y cuando estaba buscando trabajo tropezó con un hombre con mucho dinero que le prometió el oro y el moro hasta que nació al hijo de ambos y  puso tierra por medio. Se ocupaba económicamente, para según Ana, limpiar su conciencia.
Ella no podía trabajar fuera y hacía algún trabajillo como diseñadora gráfica por internet  en su casa.
Un día se atrevió a ser menos discreta y me preguntó.
-Jose, la primera vez que me monté en tu taxi me dijiste algo así como que tu hijo tiene una condición especial, o algo por el estilo. Yo te he contado mi vida, ¿puedo preguntarte por el problema de tu niño?
-Mira, es la hora de mi parada para desayunar, ¿qué te parece si nos sentamos en alguna terracita y te cuento?

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 23.

 Salimos de la consulta de la psicóloga mordiéndonos las ganas de llorar, no delante del niño
Lo que quedó de tarde se hizo eterno, Virginia y yo estábamos deseando que llegara la hora de acostarlo para hablar sin que nos escuchara.
Virginia lloró desconsolada cuando llegó la noche mientras yo intentaba mantener el tipo, alguno de los dos se tenía que mostrar sereno.
-Mujer, es normal que te encuentres mal, pero tenemos que estar más unidos y enteros que nunca para cuando Thiago nos necesite. Si la psicóloga tiene razón y el niño es transgénero, nos espera un largo camino. Todo esto nos viene grande, necesitaremos asesoramiento para saber encarar las dificultades que encuentre Thiago, pero además, sigo pensando que arrastras una depresión postparto y que necesitas ayuda. ¿Por qué no comienzas ya terapia con la psicóloga? Si estoy equivocado mejor que mejor, pero ahora toda la ayuda que recibamos redundará en positivo en el niño.
-Tienes razón Jose, por intentarlo no se pierde nada, en el fondo llevo tiempo sintiéndome mal, mañana mismo le pido hora.
Me tranquilizó que mi mujer por fin oyera mi consejo para que buscara la ayuda que necesitaba, pero me costaba digerir que mi hijo fuera transgénero, no por cuestiones morales o cosas parecidas, sino porque sabía que le esperaba una vida mucho más difícil. Eso me hacía sentir rabia, una fuerte rabia que nunca hubiera imaginado. 
Estaba deseando que amaneciera para ir a trabajar, esa era mi terapia, mi profesión de taxista. Aunque fuera por ratitos, compartir historias y vivencias ajenas me sentaba bien.
Y justo esa mañana, el primer servicio que salió fue recoger a una mujer joven con su hijo.
El niño iba en un carrito, no me pareció que tuviera más de un año y me llamó la atención que el carrito tuviera una extensión que la mantenía la cabeza al niño. La madre tuvo que trajinar más de la cuenta con aquel carrito adaptado y me bajé por si la podía ayudar.
-Gracias, un detalle que te molestes, pero ya le tengo cogido el tranquillo aunque tarde un pelín más.
Ya dentro del taxi con su hijo en brazos observé que la pobre criatura no era capaz de mantener la cabeza erguida, sus brazos rígidos terminaban con las manos totalmente viradas hacia dentro, las piernas también estaban rígidas y llevaba un enorme babero para absorber las babas que le caían  continuamente. 
Me conmovió y aunque yo no era de preguntar a los pasajeros me dejé llevar.
-Perdona, no sé si te molestará que te pregunte por lo que le pasa a tu niño.
-No claro, estás siendo empático y se nota. Tuve un parto muy complicado, a mi niño le faltó el oxígeno durante un breve ratito, pero por desgracia fue suficiente para que le afectara. Tiene parálisis cerebral.
-Vaya, lo siento. Yo tengo un niño de casi cuatro años con una problemática poco frecuente y no sé como afrontarlo. 
-Ya, es difícil tener que lidiar con ciertos problemas, yo me lo tomo con paciencia, mientras pueda manejarlo voy bien, lo peor vendrá cuando crezca y no pueda cogerlo yo sola, pero es lo que hay. Mira ya estamos llegando, gracias por tu sensibilidad y suerte con tu niño.
-Lo siento, te dejo mi tarjeta por si te ves en apuros en algún momento, no importa a la hora que sea.
-Te tomo la palabra, de hecho tengo que llevarlo a menudo al hospital.
Me bajé para sacar el carrito del portaequipaje mientras me daban ganas de darme cabezazos.
Vale que mi hijo no tendría una vida "normal", pero podía caminar, correr, montar en bicicleta, crecer, nadar, enamorarse y ser o no correspondido. 
Mi hijo era perfecto en un cuerpo perfecto, me prohibí avergonzarme o lamentarme por su condición. Y si me tocaba pelear para que tuviera una buena vida, pelearía.

Continuará. 


miércoles, 19 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 22.

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 Virginia y yo estuvimos de acuerdo en consultar el tema con Belén, la pediatra que lo llevaba desde siempre. 
Nos pareció buena idea, aparte de una excelente pediatra, sabía llamar a las cosas por su nombre sin perder la sensibilidad. Confiábamos en ella y después de los casi cuatro años de Thiago teníamos la confianza suficiente para pedirle que nos orientara. 
Pedimos cita y acudimos sin el niño, le explicamos la preocupación por nuestro hijo, desde siempre parecía mostrar un lado muy femenino, jugaba con las muñecas de su prima, en el colegio se relacionaba con las niñas, no le gustaban los juegos de los niños normalmente más ruidosos y brutos... Habíamos pensado que tal comportamiento se debía a su naturaleza tranquila, pero ya hacía comentarios que nos descolocaban, como cuando decía que con el pelo corto parecía un niño, o que quería disfrazarse de hada... 
Belén fue sincera, siempre había notado esa feminidad en Thiago y le pareció lógica nuestra preocupación.
-Como pediatra poco puedo hacer al respecto, pero tengo una amiga psicóloga y me consta que lleva casos parecidos. Si quieren les doy el contacto y hablan con ella. Supongo que valorará al niño y poco más, es muy pequeño, pero a ustedes les vendrá bien el asesoramiento, si Thiago nació en un cuerpo equivocado, tendrán que aprender a lidiar con esa circunstancia intentando que al niño le afecte lo menos posible. 
Salimos de la consulta con el corazón en un puño, no habíamos sido capaces de vocalizar aquellas palabras: "nacer en un cuerpo equivocado" aunque muy en el fondo, lo pensáramos. 
Llamamos a la psicóloga para pedir una cita y por teléfono preguntó el motivo de la consulta, le  contamos por encima.
-Entiendo, nos dijo, en la primera toma de contacto vengan los tres, aunque no trataremos el tema delante del niño. No se preocupen, tengo una sala infantil de juegos y cuidadora, así podrán contarme con detalle lo que consideren. Luego intentaré hacer una evaluación del niño. 
Acudimos a la cita intentando que Thiago no se percatara de lo nerviosos y preocupados que estábamos. Como ya nos había adelantado Rosa, la psicóloga, el niño se quedó jugando con su tranquilidad habitual mientras desgranamos nuestros temores. Ella dijo que le tocaba conocer a Thiago y que esperáramos en una salita. El tiempo se estiró como un elástico, nos pareció una eternidad lo que el niño estuvo dentro. 
La psicóloga nos hizo pasar invitando al niño a volver a la sala de juegos, él salió de la mano de la cuidadora tan tranquilo.
-A ver, he estado hablando con el niño un buen rato, luego le he pedido que jugara con las pegatinas y me hiciera una familia. Lo normal cuando son más grandes es pedirles que la dibujen, pero con la edad de Thiago lo habitual son monigotes difíciles de interpretar. Aquí está la cartulina con su composición, los ha puesto a ambos a la misma altura, eso es positivo, siente equilibrio. Ya se habrán percatado que en medio de ustedes dos ha representado a una niña: el vestido, las coletas... La conciencia de su propio género se suele presentar a los 2/3 años, cuadra con lo que ustedes me han contado, sobre los 4/5 años es normal que los niños transgéneros definan su identidad sexual con más precisión, ya dicen con convencimiento soy una niña o soy un niño, habiendo nacido con el sexo opuesto. 
Creo que es transgénero, habrá que valorarlo pasado un tiempo, hay que ver si persiste en su idea de que es una niña aunque no lo haya dicho exactamente con esas palabras, seguramente no tardará en decirlo.
Mientras, mi consejo es que ustedes sean su puerto seguro, que acompañen con naturalidad su proceso. Soy consciente de que es fácil decirlo, es probable que esta situación les genere preocupación y angustia. Si están de acuerdo me gustaría ayudarlos a gestionarlo,  porque aunque el niño no esté enfermo, tendrán que estar fuertes y seguros para sostenerlo cuando los necesite. Y los necesitará.

Continuará. 




Diario de un taxista. Capítulo 21.

 Después del susto que nos llevamos con Thiago Virginia dejó de ir al gimnasio. 
Necesitaba estar localizada continuamente cuando el niño estaba en el colegio, me pareció exagerado, pero supe ver que volvían sus inseguridades, su temor a no ser una buena madre.
Yo en el taxi veía de todo y raro era la semana que no llevaba a alguna madre o padre con su criatura al Materno por accidentes infantiles. Una niña que se había metido una goma en la nariz, otro que se había quemado al poner las manos en la cocina encendida... y lo compartía con Virginia para tranquilizarla.
-Mira, esas cosas pasan continuamente cuando los hijos son pequeños, nosotros no nos podemos quejar, Thiago no es un niño travieso, creo que de momento no nos dará esos sustos por imprudencias infantiles. ¿Qué tropezará y se caerá? Como cualquier niño de su edad y esas cosas no las podremos evitar esté o no con nosotros. 
Pero no conseguía convencer a Virginia y volví a insinuarle que le vendría bien ir a terapia, seguía pensando que ella arrastraba una depresión postparto, pero era misión imposible. No quería saber nada al respecto.
Pasaron unos meses y un día llegó el niño con una notificación en la mochila. En el colegio necesitaban personas que  participaran activamente en el ampa, como la mayoría de madres y padres trabajaban, no era fácil conseguir gente dispuesta a echar unas horas para ir de acompañantes a las excursiones o que se involucraran en actividades lúdicas.
-Mira Virginia, a mí me encantaría, pero con mis horarios no me puedo comprometer, ¿no se te apetece? 
-Pues no me lo había planteado, pero por preguntar no se pierde nada, mañana cuando deje al niño me paso por secretaría a ver si puedo colaborar en algo.
Ese "colaborar en algo" se convirtió en una actividad que le vino de maravillas a Virginia, aparte de las típicas excusiones el colegio organizaba actividades culturales, y cada trimestre ofrecía alguna representación teatral o musical.
Virginia me sorprendió cuando llegó a casa cargada de telas.
-Mira Jose, voy a hacer el vestuario para la próxima representación de los niños, me va a tocar hacer unos cuantos vestidos de elfos y hadas.
-¿Tú sabes coser?
-Sí, de pequeña tuve durante años una "tata", Pino se llamaba, había sido modista y se entretenía haciendo ropita para mis muñecas. Me gustaba tanto que poco a poco me fue enseñando y la verdad es que no se me daba mal. Hasta llegué a decirle a mi  madre que de grande sería modista, pero ya sabes como es, me hizo bajar de la nube, según ella eso era para gente pobre y de mí se esperaba algo mejor.
Y Thiago me va a servir de maniquí, estos disfraces no van pegados al cuerpo y más o menos son todos de un mismo tamaño.
Mi hijo no solo se prestó, sino que le gustaba. 
La alarma se volvió a activar cuando expresó que él no quería ir vestido de elfo, él quería el traje de hada. Aquellos comentarios feminizándose eran cada vez más habituales.
Virginia y yo no podíamos enterrar la cabeza como avestruces, había llegado el momento de hablar sobre del tema.

Continuará. 




miércoles, 12 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 20.

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Thiago se adaptó al colegio mejor de lo que esperábamos, pero no pasó lo mismo con Virginia. "Se me cae la casa encima cuando no está el niño". La animé para que por las mañanas hiciera alguna actividad y a los pocos días me comentó:
-¿Sabes que en la calle de abajo han abierto un gimnasio nuevo? Estuve preguntando y dan clases de zumba, tengo ganas de apuntarme por las mañanas. "Claro" -la animé- así cuando te quieras dar cuenta es la hora de ir a recoger a Thiago.
No llevaba ni una semana con la nueva actividad cuando Thiago tuvo un pequeño accidente en el colegio, llamaron a su madre, pero ella estaba en el gimnasio y no se enteró, yo estaba como segundo contacto y gracias que me cogieron terminando un servicio. Me informaron de que el niño se había caído y que como no dejaba de sangrar por la boca lo estaban llevando al Materno. Alarmado corrí como no se debe con un coche. Llegué un poco después, el colegio estaba más cerca, y ya estaban atendiendo a mi hijo.
En una caída tonta Thiago había tenido la poca fortuna de chocar su boca contra la esquina de una mesa y se había roto el frenillo, esas heridas son escandalosas por la sangre, pero el pediatra que lo atendió me tranquilizó: "estará un par de días con algo de dolor, pero se quedará en un susto, solo va a necesitar frío en la boca". ¿Cómo lo vamos a hacer? es pequeño y si le duele no se va a dejar, argumenté preocupado, "no se preocupe, es más fácil de lo que parece" y salió por fin mi niño chupando un flan de hielo. Procure tener siempre en el congelador, es un truco para los padres primerizos, aunque el frenillo no se lo va a romper más, suelen ser habituales los golpes en la boca. 
Miré la hora, Virginia ya estaría saliendo del gimnasio. La llamé intentando minimizar el incidente y le conté por encima: "estamos en el Materno esperando a que me den el informe, la cosa se quedó en un susto, no te preocupes, ya voy con el niño a casa y te cuento mejor, en lo que llegamos podrías comprar helado y flanes de hielo para congelar. En media hora estamos en casa.
Cuando llegamos mi mujer no tenía color en la cara y se puso a llorar en cuanto nos vio, el niño se contagió del llanto. Yo no sabía a quien consolar primero, pero me pude imaginar la angustia de Virginia sin saber exactamente lo que le había pasado a nuestro hijo. Intenté disimular mis nervios, yo también me había asustado y le expliqué lo que había pasado. 
-No te preocupes, fue una caída tonta que le hubiera pasado igual estando con nosotros, lo importante es que no va tener ninguna consecuencia, un par de días molesto y ya está. Aconsejaron que comiera cosas frías, va a estar encantado con tanto helado. Y es normal que nos asustemos, no estamos acostumbrados, pero más golpes se llevará, es normal con su edad.
Thiago estaba feliz con sus flanes de hielo: "¿sabes mami? la enfermera me dio uno rico rico, de fresa. Yo cuando sea grande quiero ser enfermera".
Hicimos como que no nos dimos cuenta del femenino empleado por el niño, ni lo comentamos.
Supongo que pensamos lo mismo: es pequeño, está todavía con la adrenalina a tope por el golpe, el susto por la sangre....
En ese momento nos centramos en hacer lo que hacen los padres sin experiencias previas con "los gajes del oficio" de sus niños.
Mimarlo y dejar que comiera todo el helado que quisiera.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 19.

 Si los tres primeros meses de vida de Thiago parecieron un reloj sin cuerda, los primeros años de su vida pasaron volando. Cumplió tres añitos y todo parecía ir bien, aunque existían "peros" que me hacían dudar.
En esa etapa intermedia, antes de que celebráramos su tercer cumpleaños, Virginia parecía estar más animada, aunque se propuso no dedicarse a nada fuera de la crianza. Yo la animaba a hacer algo, sabía que dinero tenía para vivir sin trabajar, pero podía estudiar, salir más, hacer algo que le resultara gratificante y la sacara de su rutina con el niño, pero no le parecía bien, estaba decidida a centrarse exclusivamente en los cuidados de Thiago.  Me aseguró que cuando comenzara en el colegio ya buscaría algo que le gustara.
Mi hermana Carmen, que llevaba tiempo emparejada con un compañero taxista se quedó embarazada; tuvo a su hija Elena meses después de que yo hubiera sido padre, los niños se llevaban poco y pusimos de  nuestra parte para que los primos se relacionaran lo más posible. 
Thiago crecía sano, era tranquilo y no estaba a gusto en ambientes ruidosos. Tenía un pelo precioso y no se lo dejábamos cortito como era habitual en los niños. Mi suegra insistía en que se los cortáramos, "parece una niña", repetía a menudo. Pero a nosotros, sus padres, nos gustaba y no teníamos en cuenta su opinión. Mi madre, con la sabiduría de la gente sencilla nos advirtió: "ya se lo cortarán cuando empiece en la escuela, que los piojos no perdonan ninguna cabeza".
Yo había pensado en un colegio público cuando comenzara, pero Virginia me convenció: un colegio bilingüe sería mejor para su educación. Vale que el colegio que Virginia había previsto era caro y me fastidiaba que se saliera de mi presupuesto, así que no me quedó otra que aceptarlo por el bien del niño, Virginia se  haría cargo. En el fondo me chirriaba que ella costeara los gastos que yo no podía asumir, pero era la madre y aunque yo no quería criar a mi hijo teniendo más de la cuenta, que comenzara desde pequeño a hablar dos idiomas sería una ventaja para él.
Mi sobrina Laura demostró pronto que tenía genio y cuando jugaba con Thiago llevaba la voz cantante. Él no se enfadaba cuando su prima le arrancaba de las manos cualquier juguete, al contrario, parecía que le gustaba complacerla. Bueno, es su carácter, nos decíamos Virginia y yo, ya se irá espabilando cuando comience en el colegio. Una cosa que nos llamaba la atención es que siempre que estaban juntos, Thiago prefería jugar con las muñecas de su prima y nosotros intentábamos no darle importancia siendo tan pequeño.
Llegó el tercer cumpleaños de mi hijo y le faltaba poquito para comenzar el colegio. Virginia me comentó de llevarlo a darle un buen corte de pelo, por prevenir lo de los piojos y aunque nos dio pena dejamos que se lo cortaran. 
Cuando Thiago se vio en el espejo torció el gesto diciendo: "no me gusta, parezco un niño".
Siendo tan pequeño supuestamente no debíamos tener en cuenta su comentario, pero no sé, a Virginia y a mí se nos encendió una especie de alarma. 
Ya veremos cuando siga creciendo, nos dijimos, si son cosas de niño se quedará en una anécdota, si no... pues a aceptar que le espera un mundo más difícil. 

Continuará.

jueves, 6 de agosto de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 18.

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 Aunque los tres primeros meses de Thiago nos parecieron una vida, terminaron pasando.
No es que fuera cumplirlos y que dejara de llorar, no, pero se fueron espaciando sus cólicos y comenzó a hacer lo que se espera de un bebé: comer, dormir y ensuciar pañales.
Por supuesto seguimos con la pediatra Belén,  que le hacía las revisiones oportunas o que lo atendía cuando surgía algo. A día de hoy lo sigue llevándolo.
Pero retrocedo donde me quedé, con mi precioso niño cogiendo peso y dedicándonos unas sonrisas y unos balbuceos que nos enamoraban. 
La relación con mis suegros mejoró, supimos ver que todos queríamos a Virginia y nos relajamos, aunque mi suegra siguió con su mal carácter. Siendo justos, tanto ella como mi madre estuvieron pendientes para echar una mano cuando las necesitábamos.
Aparentemente todo iba bien, pero yo notaba a Virginia apagada, tristona. Cuando me comentaba que se sentía mala madre por no darle el pecho a Thiago se me partía el alma. Yo le decía que las circunstancias eran las que eran, pero que el niño estaba perfectamente atendido por ella y que a buena madre no le ganaba nadie.
Me daba cuenta de que su mundo se reducía a cuidar del bebé y poco más, intentaba animarla con las anécdotas del taxi, siempre le habían gustado, y aunque yo me implicaba en la crianza todo lo que me permitía mi trabajo, era consciente de la suerte que tenía compartiendo cada días vivencias con otras personas. Ella necesitaba abrirse al mundo exterior, conocer gente, hacer algo más que centrarse exclusivamente en el niño.
-Amor, no puedes estar todo el día metida aquí, metes a Thiago en el carrito y sales a pasear, a los dos les vendrá bien que les dé el aire y la vitamina D. Seguro que si vas al parque que está cerca de casa te encontrarás con otras madres y charlas un ratillo. Y también puedes dejarlo conmigo cuando no trabajo y hacer algo, no sé, ir al cine o lo que se te apetezca y sabes que las abuelas también pueden quedarse con el niño y nosotros salir aunque sea un par de horas.
Accedió a dar breves paseos para que el niño recibiera al vitamina D, o a salir a comer algún domingo conmigo y con el niño. Del resto nada, le daba apuro tirar de nuestras madres, cuando no era porque el niño tenía algo de tos, era porque se le había puesto una vacuna y no estaba tranquila sabiendo que Thiago podía tener alguna décima.
Yo entendía que se ocupara y preocupara por Thiago, era lo que tocaba, pero me seguía pareciendo que la tristeza de Virginia estaba durando demasiado. Le hablé de ir a terapia, quizás estaba arrastrando una depresión posparto, pero me dijo que tan mal no se encontraba.
Esperaba que al igual que los cólicos, el estado anímico de mi mujer mejorara, si no, tendría que hacer al algo al respecto. 

Continuará. 



Diario de un taxista. Capítulo 17.

 Le comenté a Virginia lo que me había dicho una clienta y le propuse probar con la pediatra que me había aconsejado. 
Estábamos cansado de ir de un pediatra a otro buscando un maná que no existía, pero teníamos que encontrar a alguien que nos inspirara confianza y decidimos pedir cita con ella.
Belén era una mujer de unos cuarenta años y tuvo paciencia escuchando todos nuestros males, pero cuando Thiago comenzó a llorar desconsolado le tocó la tripa.
-Le noto espasmos y tiene toda la pinta de ser el típico cólico del lactante, pero voy a hacerle una revisión completa y nos quedamos tranquilos. 
En eso estaba cuando el niño soltó un buche.
-Este color no es el que debería, ¿tienes estrías en los pezones? Virginia le contestó que sí y nos miramos, ¿ningún pediatra anterior se había percatado? No te preocupes, es algo de sangre que bebe con la leche, no supone un problema, pero ¿te importa enseñarme tus pechos? Mi mujer hizo lo que le pidió y la pediatra se quedó asombrada. Los tienes fatal, ¿no te ha visto ningún médico? 
-Sí, mi médico de toda la vida y dice que le pasa a muchas mujeres, me recetó una pomada pero no noto mejoría.
-Hombre tenía que ser, como se nota que ellos no paren ni amamantan. Te voy a ser sincera, ni pomadas remedios naturales te van a curar esas grietas. La única forma de que cicatricen es que dejes de darle el pecho.
-Ya, pero como dicen que la leche materna es mejor....
-Sí, mejor es, pero me imagino el dolor que pasas no sé cuantas veces al día. Aunque sea involuntario, le trasmites al niño tu nerviosismo y eso empeora sus cólicos. Además, está un pelín bajo de peso, seguro que se frustra y no termina de mamar bien. Te aconsejo que te pases a la leche de fórmula, no ayuda con los cólicos, pero una cosa por otra, el niño comerá más tranquilo y cogerá el peso que le falta.
Siguió examinando a Thiago concluyendo: Aparte de lo que ya te he dicho padece el síndrome del lactante. Medicación hay, pero es química pura que solo lo hará estar medio desmayado, ustedes deciden. La otra opción es que se armen de paciencia y dejen pasar el tiempo, sobre los tres meses se le quitarán los cólicos. Ya sé que les parecerá un mundo, más ustedes que son tan jóvenes y lo de la paciencia no lo tienen tan ejercitada, pero si les sirve de algo, fui madre con treinta y tres años y mi hija tuvo los dichosos cólicos. Se supone que por mi edad tenía que estar más tranquila, pero es desquiciante que no paren de llorar ni de día ni de noche, no les cuento lo que se me pasaba por la cabeza para no asustarlos, pero el tiempo termina por pasar. Y para la mamá otro consejo, olvídate de aprovechar el tiempo cuando el niño se duerme para lavar a mano su ropita o las cosas que hacemos las primerizas, priorízate y cuando él duerma acuéstate y si no te duermes por lo menos descansas. No sé si tendrás ayuda externa aparte de tu marido, si puedes acepta toda la ayuda que te venga. El agotamiento sumado al potaje hormonal no son buenos compañeros. ¿Quieren preguntarme algo? ¿No? pues me gustaría ver a este muñeco la próxima semana para ver si ha cogido peso. El jodío hasta llorando es bonito-.
Eureka, por fin una persona que nos inspiraba confianza y sin pelos en la lengua. Tenemos pediatra, dijimos aliviados cuando salimos de su consulta. Solo nos quedaba armarnos de paciencia y dejar que el tiempo pasara sin morir en el intento.

Continuará.

jueves, 30 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 16.

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 Thiago era como su madre, blanquito, rubito y con los ojos claros, con facciones tan delicadas que parecía una niña. Me parecía el bebé más bonito del mundo y descubrí el amor que nace parejo a una preocupación que se adhiere como pegamento permanente cuando lo ves por primera vez. Lo veía tan frágil que lo cogía con miedo y cuando los pediatras le hacían las oportunas revisiones se me ponía un nudo en la garganta temiendo que nos dieran malas noticias.
Pero el niño estaba perfecto, el único pero es que apenas comenzaba a mamar se quedaba dormido. Nos dijeron que era normal en un recién nacido, que le pellizcáramos con suavidad las mejillas para que se espabilara y que no nos preocupáramos. 
En los pocos días que estuvo en el Materno casi no lo oímos llorar, pero cuando llegó a casa...
Lloraba cada dos por tres terminando agotado, tanto, que cuando Virginia lo pegaba a su pecho se volvía a dormir. Era como la pescadilla que se muerde la cola, y a nosotros, como padres primerizos nos desesperábamos. 
Virginia como es natural se llevó la peor parte, se culpaba de no saber darle el pecho y suponía que el niño lloraba por hambre. Mi madre y mi suegra estaban pendientes y nos daban un único consejo: paciencia, los tres primeros meses son duros.
Yo tenía que obligar a Virginia a comer, caminaba pisándose las ojeras, y repetía que el niño no se alimentaba bien por su culpa. Había oído hablar de la depresión posparto y estuve pendiente de los dos todo lo que pude, pero cuando pasaron unos días y Thiago seguía igual empezamos un peregrinaje buscando un pediatra que tuviera una varita mágica.
Nos decían que el niño sufría por el cólico del lactante y hasta que no tuviera los tres meses su aparato digestivo no maduraría y sufriría de retortijones dolorosos que le harían llorar. Encima Virginia padecía de dolorosas grietas en los pezones y amamantar a al niño era un suplicio, pero como nos habían dicho que la leche materna era mejor para los cólicos siguió dándole el pecho. Me partía el alma verla llorar cuando lo amamantaba. 
Probamos con varios pediatras y todos, coma por coma, repitieron lo  mismo. La única receta posible para nosotros era armarnos de paciencia.
A mí me daba reparo dejar a Virginia sola, temía que por el agotamiento se quedara dormida o yo que sé, solo me imaginaba escenarios nefastos, por ello solo trabajaba cuando mi madre o la suya estaban con ella. Debo reconocer que mi suegra se portó bien, Virginia tenía razón, no era tan borde ni bruja como yo la había visto al principio.  Así que solo trabajaba cuando sabía que Virginia estaba acompañada y esas horitas fuera de los llantos del niño y de la la madre hacían que no perdiera la cordura. 
En uno de esos momentos se subió una mujer con un bebé en brazos, el niño no paraba de llorar y me atreví a preguntar: -¿Cólico del lactante? Tengo un  niño de dos semanas que no para de llorar.
-Sí, este es  mi tercer hijo y los tres han pasado por lo mismo, y por supuesto yo y su padre. Pero el tiempo termina pasando y a los tres meses se les pasa. Supongo que estarás yendo de pediatra en pediatra para que te dé una fórmula mágica que no existe. Paciencia y un consejo, no te vuelvas loco de un médico a otro, elige con tu pareja uno que te inspire confianza y deja que los guíe, si no, terminarán con ganas de tirar al niño por la ventana, te lo digo por experiencia. Si quieres apuntarlo, yo estoy con una pediatra muy buena, se llama Belén Jaraba-.
Me pareció un buen consejo, tenía que ponerme de acuerdo con Virginia y quedarnos solo con un pediatra,  pero ya.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 15.

 Nunca fui un taxista que se pusiera a hablar cuando algún cliente entraba en el taxi. 
Cada uno es como es y respetaba los silencios de los que se limitaban a dar las buenas horas e indicarme a donde querían que los llevara. Pero lo cierto es que me gustaba compartir conversaciones cuando me daban pie. Un aprendizaje con personas tan variadas y con tan diferentes experiencias que siempre valía la pena.
Pero en aquellas circunstancias me pasaba algo atípico, cuando subían padres o madres con sus bebés no podía evitar decir orgulloso que pronto sería padre. Normalmente el tema daba para mucho y tomaba nota mentalmente de algunos consejos prácticos: nombres de buenos pediatras, buenos pañales y cosas por el estilo.
Faltaba poco para que Virginia saliera de cuentas y estábamos nerviosos y contentos. Deseábamos verle la carita a Thiago. Lo del nombre fue cosa mía y a mi pareja le pareció bien. 
Ya estaba todo preparado, la habitación, la ropa... solo quedaba esperar. Mi suegra estaba pendiente de su hija y parecía estar menos altiva conmigo. ¿Lo ves? -me decía Virginia- en el fondo no es mala persona aunque tenga sus cosas.  
Una semana antes de salir de cuentas me llamó Virginia, había roto aguas. Por suerte me pilló haciendo una carrera muy cerca de casa. 
-No cojas el coche, en dos minutos estoy ahí y nos vamos al hospital. Qué bien, ya hoy le vemos la cara al niño.
Yo creo que las madres lo son desde el momento en que saben embarazadas, y que por eso Virginia tuvo en cuenta mi opinión de que sería más seguro dar a luz en el materno de la seguridad social. 
Mientras nos dirigíamos allí en mi taxi Virginia que todavía no tenía dolores se ocupó de llamar por teléfono a sus padres y a los míos. 
Luego, mientras los médicos la atendían, nos vimos en la sala de espera. Mi suegra se quejaba, según ella si hubiera ido a la clínica privada estaríamos todos en una habitación y no esperando en aquel sitio incómodo.
-Tu hija y yo hemos preferido seguridad antes que comodidad, aquí estarán bien atendidos que es de lo que se trata.
Me dejaron pasar y estar con Virginia, al parecer todo estaba bien pero habría que esperar a que Thiago quisiera asomarse al mundo. Paciencia, ahí dentro no se va a quedar, bromeaba mi mujer.
Pude asistir al parto, que se produjo después de catorce horas. Mientras, si ya quería a mi pareja la quise aún más, se portó como una jabata a pesar de lo largo del parto y de lo que sufrió, porque siendo sinceros, ver en primera persona aquel proceso me hizo ver lo valiente que son las mujeres. 
Por fin, ya de madrugada, nació Thiago. 
El niño y la madre estaban bien.
Estaba tan contento que salí a dar las buenas nuevas y los abrace a todos, incluida mi suegra.

Continuará. 




jueves, 23 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 14.

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No me bajé del burro y nos casamos por lo civil.
Logré convencer a Virginia,  nada de celebraciones ni chorradas, bastante tenía con hacerme a la idea de que iba a casarme y a ser padre con veintiún años.
Mi familia conoció a la de Virginia ese día en el ayuntamiento, temía que mi ya suegra fuera desagradable con los míos, pero se limitó a mirarnos por encima del hombro. Nada nuevo.
Un mes antes de la boda mis suegros le habían regalado a mi pareja un "chalecito", por supuesto muy cerca de su casa. El "chalecito" resultó ser un casoplón. No entendía la necesidad de vivir en una casa que nos sobraba por todos lados, pero en algo tenía que ceder. Lo importante era estar con Virginia, querernos, y desear que el niño viniera bien. No necesitaba nada más.
El embarazo avanzaba y a Virginia no le parecía bien estar sin hacer nada, pero empezar a buscar trabajo me pareció innecesario en esos momentos. 
-Aprovecha estos meses para estar tranquila, cuando nazca el niño -ya nos habían dicho que era varón- y pase un tiempo, buscas trabajo en algo que te guste. 
Nos adaptamos bien a la convivencia, nos entendíamos, estábamos enamorados -o al menos eso creía-, a ella le encantaba que cada día al llegar le contara las anécdotas del trabajo, siempre había algo que contar, paseábamos, hacíamos planes.... Todo parecía ir bien, aunque la sombra de mis suegros era alargada y me costaba acostumbrarme a su manera de hacer las cosas.
Lo cierto es que solían aparecer por la casa -sobre todo mi suegra- cuando yo estaba trabajando, sacaba a Virginia de compras y llegaban cargadas con bolsas de El Corte Inglés. Mi futuro hijo ya tenía ropa como para cambiarlo veinte veces al día, un coche de paseo que valía un pastón, montañas de pañales, juguetes... de todo y tanto que me sobrepasaba. 
Lo hablaba con mi pareja: No quiero educar a nuestro niño en esa abundancia, no va a ser bueno para él, y yo también quiero elegir la ropita contigo, no me gustan esas marcas tan pijas. Mientras, mi madre hacía patucos y mantitas de ganchillo que yo agradecía de corazón. 
Otra cosa que no me gustaba es que Virginia, abducida por su madre, pensaba dar a luz en un clínica privada. Por supuesto tenía un seguro privado con la compañía más cara y elitista. Vale que era una ventaja saber que si enfermabas no tendrías que esperar -meses en el mejor de los casos- para que te hicieran una prueba por la seguridad social, pero por mi profesión era testigo de conversaciones sobre cualquier tema y más de una vez escuché a alguna madre contar que después de dar a luz en un hospital privado, la criatura había tenido problemas y la solución pasó por correr al Materno Infantil por contar allí con mejores medios y profesionales mejor formados.
Así fueron pasando los meses, consciente de que tenía que mantenerme en mi sitio para que nuestro hijo no pasara a ser propiedad de las decisiones de sus abuelos maternos. 

Continuará.






Diario de un taxista. Capítulo 13.

 Virginia me sorprendió cuando me anunció que estaba embarazada.
Me extrañó, supuestamente ella tomaba anticonceptivos, pero parecía que la baja probabilidad de que no hicieran su función existía y nos había tocado.
-¿Qué quieres hacer?  le pregunté haciéndome todavía a la idea.
-Quiero tenerlo y que podamos vivir juntos ya.
Fui sincero, me asustaba ser padres con veintiún años, pero si ella quería seguir con el embarazo la apoyaría. En cuanto a vivir juntos, todavía me faltaban un par de años de ahorros para poder dar la entrada de una casa. 
-No te preocupes Jose, mis padres nos ayudarán aunque de entrada seguramente lo del embarazo no les haga gracia.
Mi familia fue la primera en saber lo que nos pasaba. Mis padres no ocultaron su parecer, éramos jóvenes para ser padres, pero si estamos decididos a serlo nos apoyarían. Mi hermana en un aparte me dio su sincera y dura opinión.
-Mira Jose, no me trago que se haya quedaba embarazada sin querer, me huelo que es una forma de salir de su casa y eres el tonto útil, tu verás lo que haces. 
Por supuesto no me gustaron las palabras de Carmen, aunque tenía un olfato fino, una psicología para entender las decisiones ajenas que me alucinaba, pero preferí pensar que esa vez se equivocaba. Mientras, Virginia iba alargando lo de decirlo en su casa.
-¿A qué vas a esperar? ¿A que se te note? Ya sabes que tus padres no son santo de mi devoción, pero tienen derecho a saberlo. Y nosotros tenemos que ver  como tiramos.
Al final no me quedó otra que acompañarla cuando diera la noticia. Ser testigo de la reacción de sus padres no me sorprendió, ya me lo esperaba.
A su madre le sentó como una patada en el estómago y sentenció con un: "o se casan o abortas". El padre, práctico como siempre, se impuso con un: "si se casan que sea con separación de bienes"
Yo alucinaba, ¿no les importaba nuestra opinión? ¿saber cómo nos encontrábamos anímicamente?
-No se preocupen, saqué pecho ante una Virginia muda, si hace falta que nos vayamos a vivir a casa de mis padres, seguro que estarán encantados por mucho que sea una casa minúscula, nos apañaremos hasta que yo pueda dar la entrada para un piso. Y no se preocupen por lo de la separación de bienes, soy joven, tengo trabajo y aunque sin lujos, podré sacar adelante a mi hijo, no quiero nada de ustedes.
Yo no había planeado casarme, pero con el paso de los días accedí por Virginia, sus padres le regalaban una casa si los hacíamos. 
Yo puse mis condiciones, por lo civil y sin celebraciones ni historias, era en lo único que iba a ceder, no quería que esa gente me regalara nada.
Le pregunté a Virginia si temía que la desheredaran y por eso aceptaba que compraran una casa que por supuesto iría solo a su nombre.
-No es por el dinero Jose, no dependo de ellos económicamente, soy nieta única por las dos partes y mis abuelos al fallecer me dejaron dinero suficiente para vivir toda la vida sin palo al agua. Si acepto la casa es por no desairar a mis padres, son la única familia que tengo, bueno, ahora tú y lo que venga. Entiendo que te cueste comprenderme, pero no quiero perderlos.
Yo no la quería perder a ella, así que tragué y comenzamos con el papeleo para casarnos.

Continuará. 



miércoles, 15 de julio de 2026

Diario de un taxista. Capítulo 12.

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Mi relación con Virginia se afianzaba.
Era habitual que comiera con mi familia a menudo, y sus padres, supongo que por no ser menos, me invitaban de vez en cuando. Yo acudía por no desairar a mi pareja, pero si el ambiente en mi casa era relajado y todos estábamos a gusto, con la otra parte era lo contrario. Lo daba por bueno si eso hacía feliz a Virginia.
Ella cada vez se abría más, no parecía tan tímida y le encantaban las anécdotas que surgían por mi profesión, hasta conoció a Emilianita, la vecina a la que llevaba a sus controles médicos y me preguntaba a menudo por ella.
Se examinó para el carnet de conducir y aprobó a la primera. Estábamos contentos y mientras mi madre preparó una tarta casera para celebrarlo, sus padres nos invitaron a un restaurante de lujo donde me sentía más perdido que un pulpo en un garaje. 
Habíamos hablado del coche que ella quería, faltaba poquito para su cumpleaños y daba por hecho que sus padres le regalarían uno. A ella le gustaban los "minis" y yo por mi experiencia le aconsejé:
-Mejor un coche de segunda mano, no es raro que en los primeros meses "te beses" con alguna columna de los aparcamientos. Son cosas normales y el conductor, en este caso conductora, se hace conduciendo. 
No se equivocó Virginia, en su veintiún cumpleaños los padres habían preparado un almuerzo en su casa, y en los postres le dieron una llave con un enorme lazo.
-Vamos al jardín, allí te espera tu regalo, le dijo su padre guiñándole un ojo.
Cuando salimos nos encontramos con un BMW rojo, precioso, grande, caro... 
No dije mi opinión por no aguarle el cumpleaños a Virginia, pero me pareció ostentoso y un despropósito para una conductora sin experiencia, pero ellos eran así, las apariencias lo eran todo.
Mi pareja agradeció el regalo educadamente, ya luego a solas me dijo que hubiera preferido un "mini", pero que si se lo decía a sus padres pasaría por desagradecida.
-¿Cuándo te vas a atrever a ser tú misma con ellos Virginia? ¿Por qué tiene que ser siempre lo que ellos quieren?
-Jose, son mis padres, quieren lo mejor para mí.
-Sí, pero sin contar contigo, como si fueras una niña pequeña.
Como tantas otras veces dejé el tema, no quería meterme en sus decisiones aunque no las compartiera. Al fin y al cabo tenía razón, eran sus padres.
No me equivoqué, aquel coche precioso a las dos semanas tenía abolladuras por todos lados, Virginia se sentía insegura conduciendo aquel coche tan grande y me armé de paciencia para salir a pasear con ella como conductora para que fuera cogiendo seguridad.
Pasaron unos meses y yo también cumplí los veintiuno. Virginia estaba barajando varias posibilidades de trabajo, estaba animada.
Hasta que llegó con una noticia.
La noticia.

Continuará. 

Diario de un taxista. Capítulo 11.

 Me hice de rogar y no acudí a la casa de Virginia hasta pasada una semana. Esa vez llegué sin bombones ni puros y más nervioso que la primera vez. 
Virginia me cogió de la mano marcando territorio y su madre, Victoria, se disculpó a su manera.
-Jose, en nuestro primer encuentro no estuve acertada, espero que me disculpes. 
Me mordí la lengua para no soltar lo que se me pasó la cabeza, que había sido clasista, soberbia, hiriente,  maleducada... Pero acepté su tibia disculpa pensando en Virginia, ella no tenía culpa de la madre que le había tocado en suerte.
Era media tarde y pasamos a un salón para tomar un refrigerio, vamos, lo que en mi casa hubiéramos llamado un picoteo, pero en aquel lugar todo apuntaba a la elegancia que da el dinero.
Victoria me observaba con detenimiento, supuse que su marido la había advertido para que no volviera a meter la pata y él, después de hablar de trivialidades, fue al grano.
-Jose, parece que mi hija y tú van en serio y has conseguido lo impensable, que ella se esté sacando el carnet de conducir. Sabemos que le estás dando buenos consejos y esperamos que más pronto que tarde encuentre su camino en el mundo laboral. Es cuestión de tiempo que descubra lo que quiere hacer.
Ella sabe que puede comenzar a trabajar con nosotros cuando quiera, pero aunque nos gustaría ella tiene que tomar la decisión. Y de eso te queríamos hablar para agradecerte lo que hiciste por nuestra hija cuando la quisieron violentar; nos consta que no le tienes miedo al trabajo haciéndolo incluso de noche.
Te queremos proponer que trabajes para nosotros, sabes a lo que nos dedicamos y que te podemos ofrecer un puesto en cualquiera de nuestras empresas, empezando desde abajo por supuesto, no se te va a regalar nada, pero con la perspectiva de que en unos años estés bien situado y ganando mucho dinero. No hace falta que nos digas nada ahora, tómate tu tiempo y ya nos dirás algo-.
Si aceptaba la jugada les salía perfecta:  podrían seguir mi relación con Virginia de cerca y además, no tendrían que avergonzarse de tener un yerno taxista. Me querían controlar como habían hecho con su hija.
-Muchas gracias, pero no voy a aceptar su propuesta, me gusta lo que hago aunque no me haga rico, Virginia me conoció así y no parece importarle-.
Victoria hizo un gesto de desagrado, no debió gustarle que rechazara el ofrecimiento.
Me importó bien poco, aunque Julio parecía más cabal, lo único que me valía la pena de aquella familia era Virginia. 
No me iban a meter en una jaula de oro.

Continuará.